viernes, 20 de octubre de 2017

Tango

Estaba tan borracho que no llegó haciendo eses sino equis. La casa (su casa) estaba vacía, oscura, abandonada. Quizá por eso pudo llegar indemne hasta la mecedora.
Cerró, abrió y cerró los ojos. Lo que vislumbró no fue un sueño sino un milagro de jardín. Con su madre o sin su madre, Eso dependía de la tensión de sus párpados. Si era con su madre, ella lo soñaba con un índice acusador y una mueca de burla. No era preciso que hablara. Él bien sabía de qué se trataba. Desde la infancia la había despreciado, ninguneado con fervor, desatendido. Entre ella y él no había puentes; sólo despeñaderos, barrancos, hondadas. Por seo ella, en vez de dos ojos verdes, tenía dos odios grises.
Él abrió los suyos, acarició los párpados heridos, posó su mirada opaca en la pared de enfrente, que empezó a balancearse con un ritmo moderado. El cuadro estaba ahí: una figura antigua, de hombre recio, con corbata de moña, melena canosa y anteojos de miope. Cerró otra vez los ojos y el hombre se asomó en el espacio inverosímil: allí no había moña ni anteojos. Él, cuando estaba sobrio, era capaz de recitar de memoria todos los poemas de ese tipo, pero ahora los versos se arrinconaban en el olvido, El hombre semisoñado lo miraba con exigencia, reclamándole algo, aunque fuera dos versos, una copla, el estrambote de un soneto mediocre. Pero el se retraía, se ocultaba, no quería saber nada de una inspiración ajena. Así era cuando el tipo empuñaba un látigo y él abría providencialmente los ojos.
El cuadro ya  no estaba y la pared había dejado de balancearse. Qué bien le vendía un café amargo, pero cómo llegar a la cafetera, a encender el gas, a no derramar el agua que llamaba desde el grifo.
Por primera vez lamentó su mamá. Volvió a cerrar los ojos en busca de un estímulo. Tardó en llegar la somnolencia, pero cuando  llegó fue una recompensa inesperada. Frente a él, al alcance de sus manos, estaba Dorita, más atractiva que nunca, con la boca entreabierta y a la espera, con el camisón rosa que se le resbalaba de los senos, más turgentes que en épocas pasadas. Quiso decir algo y no pudo. Dorita lo paralizaba con su belleza. Decidió extender su mano hasta el pezón izquierdo, pero éste se hizo nada entre su índice y su pulgar.
Esta vez abrió los ojos porque alguien le estaba sacudiendo el hombro. Su mujer, nada menos, y no era un sueño.
-Otra vez mamando –gritó ella.
-Otra vez mamando –admitió él-. Yo no tengo vergüenza de tomarme una copa.
-¿Y cuántas vergüenzas reservas para zamparte dos botellas?
-Tres.
-¿Tres vergüenzas o botellas?
-Botellas.
-¿Hasta cuándo piensas que voy a soportar este maldito tren de vida?
-Mi amor, eso es asunto tuyo.
-Y vos, ¿no tenéis conciencia?
-¿Querés que te diga la verdad? Me tiene harto.
-¿No tenés nada más que decirme?
-Cómo no… Vos sabés que yo siempre cito a los clásicos. Por ejemplo, Cátulo Castillo (música de Aníbal Troilo) que estampó para siempre esta delicia: “Yo sé que te lastima/ yo sé que te hace daño/ llorarte mi sermón de vino”.
-Es cierto que me hace daño. No importa. Aquí te dejo, con esa veterana curda, que ya forma parte de tu currículo. Se acabó.  No te preocupes. Cuando vos y yo seamos finaditos, sé que voy a encontrarte en algún boliche (cantina, para los ilustrados) del paraíso.


Mario Benedetti

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jueves, 12 de octubre de 2017

No hay efecto sin cusa

Aquella gallina sentía la culpa de haber sido infiel en una noche loca, con un gallo brillante.

Pero, cuando puso el primer huevo de oro, comprendió que verdaderamente su amante era una joya.

Félix

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jueves, 5 de octubre de 2017

El niño terco

En un apartado de su obra dedicado a las leyendas infantiles. Los hermanos Grimm refieren un cuento popular alemán que la sensibilidad de la época consideraba particularmente adecuado para los niños. Un niño terco fue castigado por el Señor con la enfermedad y la muerte. Pero ni aún así logró enmendarse. Su bracito pálido, con la mano como una flor abierta, insistía en asomar fuera de la tumba. Sólo cuando su madre le dio una buena tunda con una vara de avellano, el bracito se retiró otra vez bajo tierra y fue la prueba de que el niño había alcanzado la paz.
Los que hemos pasado por ese cementerio, sabemos, sin embargo, que se sigue asomando cuando cree que nadie lo ve. Ahora es el brazo recio y peludo de un hombre adulto, con los dedos agrietados y las uñas sucias de tierra por el trabajo de abrirse paso hacia abajo y hacia arriba. A veces hace gestos obscenos, curiosamente modernos, que los filólogos consideran dirigidos a los hermanos Grimm.


Ana María Shua

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jueves, 28 de septiembre de 2017

Y lo pronuncié

Palpitando tembloroso venía.
-¿Qué me traes? - al viento del norte pregunté.
- Es su nombre - me dijo- mira cómo está vivo.
Lo miré y bombeaba calentito entre nubes de algodón.

-Anda, pronúncialo - me dijo el viento.

Félix

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jueves, 21 de septiembre de 2017

El frío

Los estúpidos mueren de frío. Literalmente. La nieve está sembrada de cadáveres. Mis oficiales no son mucho mejores. Noto en ellos el mismo miedo, la seguridad de la derrota. Si los enemigos fueran superhombres, lo entendería. Pero los míos no temen a los hombres: le temen al frío. He comenzado a pensar en una retirada. Me equivoqué con ellos, y sólo ahora veo la razón: son incapaces de soportar variadas penurias, como en cambio lo aprendí yo en mi desolada niñez en Córcega.


David Lagmanovich

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jueves, 14 de septiembre de 2017

La  Estigia

Asustadito, cruzando la laguna y Caronte al timón.
Inaudita y sorprendente la tormenta. Bajo una ola enorme desapareció él con su barca. Lo último que vi.
Una bendita playa, al despertar. La mano y la voz eran de ella:

-“Estás aquí, cariño, la operación fue bien. ¡Bienvenido a la vida!”

Félix

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jueves, 7 de septiembre de 2017

La ardilla verosímil

Un hombre es amigo de una ardilla que vive en el jardín de un conocido financista. Trepando de un salto al alfeizar de la ventana, la ardilla escucha conversaciones claves acerca de las oscilaciones de la Bolsa de Valores. Usted no se sorprenderá en absoluto si le cuento que el amigo de la ardilla se enriquece rápidamente con sus inversiones. Pero yo sí estoy sorprendida. No dejo de preguntarme por qué usted está tan dispuesto a creer, sin un instante de duda, que una ardilla pueda entender conversaciones claves acerca de las oscilaciones de la bolsa.


Ana María Shua

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viernes, 1 de septiembre de 2017

Fui por lana…


Flora me mandó el último beso con la mano y cerró la puerta desde afuera. Apreté el botón y subí al quinto. Al abrir, mi esposa me esperaba, enarbolando un rodillo de cocina.

Félix

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jueves, 24 de agosto de 2017

Mucho gusto

Se habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de cerveza, y habían empezado a conversar al principio. Como es lo normal, sobre el tiempo y la crisis; Luego, de temas varios, y no siempre racionalmente encadenados. Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba sencillamente privilegio de poder escribir.
-No crea que es algo tan estupendo –dijo el Flaco-, también hay momentos de profundo desamparo en los que se llega a la conclusión de que todo lo que se ha escrito es una basura; probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Sin ir más lejos,  no hace mucho, junté todos mis inéditos, o sea un trabajo de varios años, llamé a mi mejor amigo y le dije: Mira, esto no sirve, pero comprenderás que para mí es demasiado doloroso destruirlo, así que hazme un favor; quémalos; júrame que los vas a quemar, y me lo juró.
El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico, pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza.
-Oiga, don –dijo sin pestañear-, hace rato que hemos hablado y ni siquiera nos hemos presentado, mi nombre es Ernesto Chávez, viajante de comercio –y le tendió la mano.
-Mucho guato –dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos, Franz Kafka, para servirle.

Mario Benedetti

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jueves, 17 de agosto de 2017

Enemistados III

Se levantó temprano, antes que yo. Cuando llegué al lavabo, el muy ladino me había dejado escrito, con carmín, algo así en el espejo:

Mira cómo pasas tú también, jajaja.
Te quiero.
Tu amigo inseparable.

El Tiempo.

Y debajo, un corazón bien rojo.

De encontrármelo allí, ¡le habría roto el espejo en la cabeza a ese viejo caduco!

Féñix

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jueves, 3 de agosto de 2017

La sospecha

Un hombre perdió su hacha y sospechó del hijo del vecino. Observó la manera de caminar del muchacho: exactamente como ladrón. Observó la expresión del joven como la de un ladrón. Observó también su forma de hablar, igual a la de un ladrón. En fin, todos sus gestos y acciones la denunciaban culpable de hurto.
Pero más tarde encontró su hacha en un valle. Y después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho parecían muy diferentes de los de su vecino, todos los gestos y acciones del muchacho parecían muy diferentes de los de un ladrón.


Anónimo Chino

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