Después del juicio
Después del juicio final, el
viaje al cielo y al infierno se hace en contingentes, de acuerdo a ocupaciones,
afinidades, aficiones, y otras normas de agrupación. En un minibús van los ex
jurados de concursos de microcuentos. Como han salido airosos del
interrogatorio, van cantando, contando historias, felices de tener la
eternidad por delante. Al llegar al Destino, son ingresados en un inmenso
salón blanco, alumbrado por el Sol. Los recibe Dios en persona, con una amplia
sonrisa bordada por su larga barba. Y dice Dios: Pero si aquí llegan mis
queridos miembros del Jurado, cómo la lleváis, amigos? Como os han contado en
el Juicio, habéis sido bondadosos en vida. Habéis dado sobradas pruebas de
generosidad, de amistad, de amplitud de miras y de otras muchas humanas cualidades.
Habéis actuado con probidad, con sinceridad, con total honestidad.
Sin embargo, amigos, no se os ha anunciado que habéis cometido un pecadillo: una especial y obsesiva predilección por los finales sorpresivos, y sabido es (aquí se sabe), que el final sorpresivo está más cerca del vicio que de la virtud. Más cerca del engaño que de la iluminación. Quizá no lo veáis así, y lo respeto, la literatura es materia opinable. Pero aquí la ley es una sola: darle a cada quien su propia medicina. Por eso debo deciros, mis queridos miembros del jurado, que nos soy Dios, soy Satanás.
Fabián Vique
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