El dominio
Cuando descubrí que el dominio
www.infierno.com no estaba registrado, pensé que había cometido algún error.
Sin embargo, al teclear de nuevo la dirección comprobé que era verdad: no le
pertenecía a nadie. Y así, por una suma insignificante me hice con el dominio
del infierno. No había terminado de crear los contenidos del infierno cuando ya
la página tenía cientos de miles de visitas y un número semejante de
solicitudes de correos electrónicos con el nombre del usuario más
@infierno.com. En menos de una semana las multinacionales más poderosas me
ofrecieron publicidad y miles de portales de todo el mundo crearon enlaces
directos con mi web, que según los mejores buscadores ya era uno de los diez
sitios más visitados del ciberespacio. En medio de aquella orgía de éxitos
recibí una oferta millonaria por mi página y la vendí sin pestañear, porque el
dinero me interesaba mucho más que el dominio del infierno. Desde que hice
aquel negocio no he dejado de viajar y de gozar por todos mis orificios, pero
he entrado en el cibercafé de un hotel
caribeño para visitar el infierno y el programa me dice que esa dirección no
existe, Tecleo de nuevo www.infierno.com y la respuesta es la misma. Muerto de
risa vuelvo a solicitar el dominio del infierno, preguntándome si la página me
la habrían comprado los jesuitas o los del opus. No obstante, al día siguiente
recibí un correo que me dejó perplejo: “Estimado cliente, de acuerdo
con nuestros archivos su alma ya forma parte de nuestra base de datos. Reciba
un cordial saludo”. El nombre del remitente era inverosímil.
Fernando Iwasaki
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