Te conozco mascarita
El humor y la timidez generalmente
se dan juntos. Tú no eres una excepción. El humor es una máscara y la timidez
otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo.
Augusto Monterroso
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La tortuga y Aquiles
Por fin, según el cable, la semana
pasada la tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que
siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.
En efecto, una diesmiltrillonésima
de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó
Aquiles.
Augusto Monterroso
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La tela de Penélope o quién engaña a quién
Hace muchos años vivía en Grecia un
hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto),
casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era
su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola
largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión
en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se
disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía
ver por las noches preparando a urtadillas sus botas y una buena barca, hasta
que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía
mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer
que tejía mientras viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como
pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba
cuenta de nada.
Augusto Monterroso
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La sirena inconforme
Usó todas sus voces, todos sus
registros; en cierta forma se extralimitó: quedó afónica quién sabe por cuánto
tiempo. Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer,
de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y
con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.
Ésta no; ésta luchó hasta el fin,
incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció
definitivamente. Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve. Al regreso del
héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera
tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y
persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.
Por su parte, más seguro de sí
mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó,
le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más
o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco
después, de acuerdo con su costumbre, huyó.
De esta unión nació el fabuloso
Hygrós, o sea ‘El Húmedo’ en nuestro seco español. Posteriormente proclamado patrón de las
vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras
contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan
por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras
causas perdidas.
Augusto Monterroso
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La rana que querría ser
una rana auténtica
Había una vez una fana que quería ser una rana auténtica, y todos lo días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor
estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse
(cuando no le quedaba otro recurso) para
saber si los demás la aprobaban y
reconocían que era una rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente
sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas
ancas cada vez mejores, y sentía que
todos la aplaudían.
Y así siguió haciendo esfuerzas hasta que, dispuesta a cualquier
cosa para lograr que la consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar
las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con
amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.
Augusto Monterroso
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La honda de David
Había una vez un niño llamado David
N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta
envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en
él –y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un
nuevo David.
Pasó el tiempo.
Cansado del tedioso tiro al blanco
que practicaba disparando sus guijarros
contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho
más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había
dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían
a su alcance en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros,
cuyos cuerpos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón
agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y
los enterraba cristianamente.
Cuando los padres de David se
enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que
qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes
que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y
durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.
Dedicado años después a la milicia,
en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendió a general y condecorado con
las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado
y fusilado por dejar escapar con vida una paloma mensajera del enemigo.
Augusto Monterroso
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Humorismo
El humorismo es el realismo llevado
a sus últimas consecuencias. Excepto mucha literatura humorística, todo lo que
hace el hombre es risible o humorístico.
En las guerras deja de serlo porque
durante éstas el hombre deja de serlo. Eduardo Torres: “El hombre no se conforma con ser el animal más estúpido de la
Creación; encima se permite el lujo de ser el único ridículo.
Augusto Monterroso
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Epitafio encontrado en el cementerio Monte Parnaso de San Blas, A.B.
Escribió un drama: dijeron que se
creía Shakespeare.
Escribió una novela: dijeron que se creía
Proust.
Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov.
Escribió una carta: dijeron que se creía
Lord Chesterfield.
Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese.
Escribió una despedida: dijeron que
se creía Cervantes.
Dejó de escribir: dijeron que se creía
Rimbaud.
Escribió un epitafio: dijeron que se
creía difunto.
Augusto Monterroso
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El Paraíso imperfecto
-Es cierto –dijo mecánicamente el hombre,
sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-;
en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros, lo único malo de irse al Cielo
es que allí el cielo no se ve.
Augusto Monterroso
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La fe y las montañas
Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era
absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante
milenios. Pero cuando la fe empezó a propagarse y a la gente le pareció
divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían aino cambiar de sitio, y cada
vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche
anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen
por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo
el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un
ligerísimo atisbo de Fe.
Augusto Monterroso
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