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viernes, 2 de julio de 2021

El hombre que aprendió a ladrar

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desaliento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué le había impulsado a ese adiestramiento?

Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar.” Sin embargo la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación. ¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta, y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del  mundo. Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza, ¿qué opinas de mi forma de ladrar? La respuesta de Leo fue escueta y sincera. “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando Ladras, todavía se te nota el acento humano.”

Mario Benedetti 

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domingo, 6 de junio de 2021

Eso

Al preso lo interrogaban tres veces por semana para averiguar “quién le había enseñado eso”. Él siempre respondía con un digno silencio y entonces el teniente de turno arrimaba a sus testículos la horrenda picana. Un día el preso tuvo la súbita inspiración de contestar: “Marx. Sí, ahora lo recuerdo, fue Marx.” El teniente asombrado pero alerta, atinó a preguntar: “Ajá, y a ese Marx ¿quién se lo enseñó?” El preso, ya en disposición de hacer concesiones, agregó: “No estoy seguro, pero creo que fue Hegel.” El teniente sonrió, satisfecho, y el preso, tal vez por deformación profesional, alcanzó a pensar: “Ojalá que el viejo no se haya movido de Alemania.”

Mario Benedetti

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domingo, 14 de enero de 2018

Tan amigos

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-Bruto calor –dijo el mozo.
Pareció que el tipo de azul iba a aflojarse la corbata, pero finalmente dejó caer el brazo hacia un costado. Luego, con ojos de siesta, examinó la calle a través del enorme cristal fijo.
-No hay derecho –dijo el mozo- . En pleno octubre y achicharrándonos,
-Oh, no es para tanto –dijo el de azul, sin énfasis.
-¿No? ¿Qué deja entonces para enero?
-Más calor. No se aflija.
Desde la calle, el hombre flaco, de sombrero,  miró hacia adentro, formando pantalla con las manos para evitar el reflejo del ventanal. En cuanto lo reconoció, abrió la puerta y se acercó sonriendo.
El de azul no se dio por enterado hasta que el otro se le puso delante. Sólo entonces la tendió la mano. El otro buscó, de una ojeada rápida, cuál de las cuatro sillas disponibles tenía el hueco de pantasote que convenía mejor a su trasero. Después se sentó sin aflojar los músculos.
-¿Qué tal? –preguntó, todavía sonriendo.
-Como siempre –dijo el de azul.
Vino el mozo, resoplando, a levantar el pedido.
-Un café… livianito, por favor.
Durante un buen rato estuvieron callados mirando hacia afuera. Pasó, entre otras, una inquietante  mujercita en blusa y el recién llegado se agitó en el asiento. Después sacudió la cabeza significativamente como buscando el comentario, pero el de azul no había sonreído.
-Lindo día para ser rico –dijo el otro.
-¿Por qué?
-Te echás en la cama, no pensás en nada, y a la tardecita, cuando vuelve el fresco, empezás otra vez a vivir.
-Depende –dijo el de azul.
.¿Eh?
-También se puede vivir así.
El mozo se acercó, dejó el café liviano, y se alejó con las piernas abiertas, para que nadie ignorase que la transpiración le endurecía los calzoncillos.
-Tengo la patrona enferma. ¿sabés? –dijo el otro.
-¿Ah sí? ¿Qué tiene?
-No sé. Fiebre. Y le duelen los riñones.
-Hacela ver.
-Claro.
El de azul le hizo una seña al lustrador. Éste escupió medio escarbadientes y se acercó silbando.
-Hace unos días que andás de trompa –dijo el otro.
-¿Sí?
-Yo sé que la cosa es conmigo.
El lustrador dejó de embetunar y miró desde abajo, con los dientes apretados, entornando los ojos.
-Lo que pasa es que vos embalás en seguida.
¿De veras?
-Se te pone que un tipo estuvo mal y ya no hay quien te frene. ¿Vos qué sabés por qué lo hice?
-¿Por qué hiciste qué?
-¿Ves? Así no se puede. ¿Qué te parece si hablamos con franqueza?
-Bueno. Habla.
Ambos miraron el zapato izquierdo que empezaba a brillar. El lustrador le dio el toque final y dobló cuidadosamente su trapito. “Son veinticinco”, dijo. Recogió el peso, entregó el suelto y se fue silbando hacia otra mesa, mientras volvía a masticar la mitad del escarbadientes que había conservado entre las muelas.
-¿Te creés que  no me doy cuenta? A vos se te ocurrió que yo le hablé al Viejo para dejarte mal.
-¿Y?
-No fue para eso, ¿sabés? Yo no soy tan cretino…
-¿No?
-Le hablé para defenderme. Todos decían que yo había entrado a la Gerencia antes de las nueve. Todos decían que yo había visto el maldito papel.
-Eso es.
-Pero yo sabía que vos habías entrado más temprano.
Un chico rotoso y maloliente se acercó a ofrecer pastillas de menta. Ni siquiera le dijeron que no.
-El Viejo me llamó y me dijo que la cosa era grave, que alguien había loreado y que todos decían que yo había visto el papel antes de las nueve.
El de azul no dijo nada. Se recogió cuidadosamente el pantalón y cruzó la pierna.
-Yo no le dije que habías sido vos –siguió el otro, nervioso, como si estuviera a punto de echarse a correr, o a llorar-. Yo dije que habían estado antes que yo, nada más… Tenés que darte cuenta.
-Me doy cuenta.
-Yo tenía que defenderme. Si no me defiendo, me echa. Vos bien sabés que no anda con chiquitas.
-Y hace bien.
-Chih, decís eso porque sos solo. Podés arriesgarte. Yo tengo mujer.
-Jodete.
El otro hizo ruido con el pocillo, como para borrar la ofensa. Miró hacia los costados, repentinamente pálido. Después, jadeante, desconcertado, levantó la cabeza.
-Tenés que comprender. Figurate que yo sé demasiado que vos si querés me liquidás. Tenés como hacerlo. ¿Me iba a tirar justamente contra vos? No tenés más que telegrafiar a Ugarte y yo estoy frito. Te lo digo para que veas que me doy cuenta. No me iba a tirar justamente contra vos, que tenés flor de banca con el Rengo… ¿Me entendés ahora?
-Claro que te entiendo.
El otro hizo un ademán brusco, de tímida protesta, y, sin querer empujó el vaso con el codo. El agua cayó hacia adelante, de lleno sobe el pantalón azul.
-Perdona.
-No es nada. En seguida se seca.
El mozo se acercó, recogió los más importantes trozos de vidrio. Ahora parecía sufrir menos el calor. O se había olvidado de aparentarlo.
-Por o menos, dame la tranquilidad de que no vas a telegrafiar. Anoche nopude pegar los ojos…
-Mirá… ¿querés que te diga una cosa? Deja ese tema. Tengo la impresión de que me tiene podrido.
-Entonces…no vas…
.No te preocupes.
-Sabía que ibas a entender. Te agradezco. De veras, che.
-No te preocupes.
-Siempre dije que eras un buen tipo. Después de todo tenías derecho a telegrafiar. Porque yo estuve mal… lo reconozco… Debí pensar que…
-¿De veras no podés callarte?
-Tenés razón. Mejor te dejo tranquilo.
Lentamente se puso de pie, empujando la silla con bastante ruido. Iba a tender la mano, pero la mirada del otro lo desanimó.
-Bueno, chau –dijo-. Ya sabés, siempre a la orden… cualquier cosa…
El de azul movió apenas la cabeza, como si no quisiera expresar nada concreto. Cuando el otro salió, llamó al mozo y pagó los cafés y el vaso roto. Durante cinco minutos estuvo quieto, mordiéndose despacio una uña. Después se levantó, saludó con las cejas al lustrador, y abrió la puerta.
Caminó sin apuro, hasta la esquina. Examinó una vidriera de corbatas, dio una última chupada al cigarrillo y lo tiró bajo un auto.
Después cruzó la calle y entró en la Oficina de Telégrafos.


Mario Benedetti

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viernes, 20 de octubre de 2017

Tango

Estaba tan borracho que no llegó haciendo eses sino equis. La casa (su casa) estaba vacía, oscura, abandonada. Quizá por eso pudo llegar indemne hasta la mecedora.
Cerró, abrió y cerró los ojos. Lo que vislumbró no fue un sueño sino un milagro de jardín. Con su madre o sin su madre, Eso dependía de la tensión de sus párpados. Si era con su madre, ella lo soñaba con un índice acusador y una mueca de burla. No era preciso que hablara. Él bien sabía de qué se trataba. Desde la infancia la había despreciado, ninguneado con fervor, desatendido. Entre ella y él no había puentes; sólo despeñaderos, barrancos, hondadas. Por seo ella, en vez de dos ojos verdes, tenía dos odios grises.
Él abrió los suyos, acarició los párpados heridos, posó su mirada opaca en la pared de enfrente, que empezó a balancearse con un ritmo moderado. El cuadro estaba ahí: una figura antigua, de hombre recio, con corbata de moña, melena canosa y anteojos de miope. Cerró otra vez los ojos y el hombre se asomó en el espacio inverosímil: allí no había moña ni anteojos. Él, cuando estaba sobrio, era capaz de recitar de memoria todos los poemas de ese tipo, pero ahora los versos se arrinconaban en el olvido, El hombre semisoñado lo miraba con exigencia, reclamándole algo, aunque fuera dos versos, una copla, el estrambote de un soneto mediocre. Pero el se retraía, se ocultaba, no quería saber nada de una inspiración ajena. Así era cuando el tipo empuñaba un látigo y él abría providencialmente los ojos.
El cuadro ya  no estaba y la pared había dejado de balancearse. Qué bien le vendía un café amargo, pero cómo llegar a la cafetera, a encender el gas, a no derramar el agua que llamaba desde el grifo.
Por primera vez lamentó su mamá. Volvió a cerrar los ojos en busca de un estímulo. Tardó en llegar la somnolencia, pero cuando  llegó fue una recompensa inesperada. Frente a él, al alcance de sus manos, estaba Dorita, más atractiva que nunca, con la boca entreabierta y a la espera, con el camisón rosa que se le resbalaba de los senos, más turgentes que en épocas pasadas. Quiso decir algo y no pudo. Dorita lo paralizaba con su belleza. Decidió extender su mano hasta el pezón izquierdo, pero éste se hizo nada entre su índice y su pulgar.
Esta vez abrió los ojos porque alguien le estaba sacudiendo el hombro. Su mujer, nada menos, y no era un sueño.
-Otra vez mamando –gritó ella.
-Otra vez mamando –admitió él-. Yo no tengo vergüenza de tomarme una copa.
-¿Y cuántas vergüenzas reservas para zamparte dos botellas?
-Tres.
-¿Tres vergüenzas o botellas?
-Botellas.
-¿Hasta cuándo piensas que voy a soportar este maldito tren de vida?
-Mi amor, eso es asunto tuyo.
-Y vos, ¿no tenéis conciencia?
-¿Querés que te diga la verdad? Me tiene harto.
-¿No tenés nada más que decirme?
-Cómo no… Vos sabés que yo siempre cito a los clásicos. Por ejemplo, Cátulo Castillo (música de Aníbal Troilo) que estampó para siempre esta delicia: “Yo sé que te lastima/ yo sé que te hace daño/ llorarte mi sermón de vino”.
-Es cierto que me hace daño. No importa. Aquí te dejo, con esa veterana curda, que ya forma parte de tu currículo. Se acabó.  No te preocupes. Cuando vos y yo seamos finaditos, sé que voy a encontrarte en algún boliche (cantina, para los ilustrados) del paraíso.


Mario Benedetti

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jueves, 24 de agosto de 2017

Mucho gusto

Se habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de cerveza, y habían empezado a conversar al principio. Como es lo normal, sobre el tiempo y la crisis; Luego, de temas varios, y no siempre racionalmente encadenados. Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba sencillamente privilegio de poder escribir.
-No crea que es algo tan estupendo –dijo el Flaco-, también hay momentos de profundo desamparo en los que se llega a la conclusión de que todo lo que se ha escrito es una basura; probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Sin ir más lejos,  no hace mucho, junté todos mis inéditos, o sea un trabajo de varios años, llamé a mi mejor amigo y le dije: Mira, esto no sirve, pero comprenderás que para mí es demasiado doloroso destruirlo, así que hazme un favor; quémalos; júrame que los vas a quemar, y me lo juró.
El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico, pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza.
-Oiga, don –dijo sin pestañear-, hace rato que hemos hablado y ni siquiera nos hemos presentado, mi nombre es Ernesto Chávez, viajante de comercio –y le tendió la mano.
-Mucho guato –dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos, Franz Kafka, para servirle.

Mario Benedetti

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martes, 18 de julio de 2017

Persecuta

Como en tantas y tantas de sus pesadillas, empezó a huir despavorido. Las botas de sus perseguidores sonaban y resonaban sobre las hojas secas. Las omnipotentes zancadas se acercaban a ritmo enloquecido y enloquecedor.
Hasta no hace mucho, siempre que entraba en una pesadilla, su salvación había consistido en despertar, pero a esta altura los perseguidores habían aprendido esa estratagema y ya no se dejaban sorprender.
Sin embargo esta vez volvió a sorprenderlos. Precisamente en el instante en que los sabuesos creyeron que iba a despertar, él, sencillamente, soñó que se dormía.


Mario Benedetti

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domingo, 21 de mayo de 2017

Rutinas

A mediados de 1974 explotaban en Buenos Aires diez o doce bombas por la noche. De distinto signo, pero explotaban. Despertarse a las dos o las tres de la madrugada con varios estruendos en cadena, era casi una costumbre. Hasta los niños se hacían a esa rutina.
Un amigo porteño empezó a tomar conciencia de esa adaptación a partir de una noche en que hubo una fuerte explosión en las cercanías de su apartamento, y su hijo, de apenas cinco años, se despertó sobresaltado.
-¿Qué fue eso?, –preguntó.
Mi amigo lo tomó en brazos, lo acarició para tranquilizarlo, pero, conforme a sus principios educativos, le dijo la verdad:
-Fue una bomba.
-¡Qué suerte!, –dijo el niño., Yo creí que era un trueno.


Mario Benedetti

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sábado, 25 de marzo de 2017

Su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo, Él padecía claustrofobia; y ella, agorafobia. Era por eso que fornicaban en los umbrales.

Mario Benedetti

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lunes, 6 de febrero de 2017

Los bomberos

Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: “Mañana va a llover”. Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: “El martes saldrá el 57 a la cabeza”. Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: “Es posible que mi casa se esté quemando”.
Tomaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: “Es casi seguro que mi casa se esté quemando. Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó al colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigo.

Mario Benedetti

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