Dolores zeugmáticos
Salió por la puerta y de mi vida, llevándose con ella mi amor y su larga cabellera negra.
Guillermo Cabrera Infante
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Piso amueblado
Desde hace dos semanas, Lola se ha convertido en un
mueble más del salón de su casa (mueble con movimiento, no obstante) esperando
la visita del polvo, de los rayos del sol o del aire que se filtra a través de
la ventana.
Lola no es un mueble de salón todas las horas del día: de
ocho a tres es un mueble gris de oficina. Andrés telefoneó ayer: cuatro
palabras tras dos semanas de reflexiones y un ‘adiós’, seguiremos siendo buenos
amigos. Lola, al colgar, se echó a llorar, hasta que, extenuada por el dolor,
se quedó dormida en el sofá. Esta mañana, al despertar, intentando escapar de
la tristeza, se ha animado a poner u anuncio en el periódico:
‘Se busca hombre joven para compartir piso con buenas
vistas. Totalmente amueblado’.
Por la tarde ha venido a ver el piso un chico joven,
moreno, de mediana altura. Será, sin duda, el nuevo inquilino. A Lola le ha
causado buena impresión. Y se diría que, a él, cansado de tantos pisos que salen
de su presupuesto (y a juzgar por la altura de su mirada y por el tono amable
de su voz), le han gustado todos, absolutamente todos los muebles de la casa.
Francisco Rodríguez Criado
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Kalenda maya
En larguísimos túneles sombríos duermen
las niñas alineadas como botellas de champaña. Los maléficos ángeles del sueño
las repasan en silencio. Golosos catadores, prueban una por una las almas en
agraz, les ponen sus gotas de alcohol o de acíbar, sus granos de azúcar. Así
se van yendo por su lado las brutas, las damisecas y las dulces, un día todas
burbujeantes y núbiles. A las más exaltadas les aseguran un tapón de corcho con
alambres, para sorprender a los ingenuos la noche del balazo.
Viene luego la promiscuidad de los
brindis, conforme van saliendo las cosechas al mercado. Hay que compartir el
amor, porque es una fermentación morbosa, se sube pronto a la cabeza, y nadie
puede consumir una mujer entera. ¡Kalenda maya! La fiesta continúa, mientras
ruedan por el suelo las botellas vacías.
Sí, la fiesta continúa en la superficie.
Pero allá, en las profundidades del sótano, sueñan las niñas con funestas
alegorías, preparadas con espíritus malignos.
Silenciosos entrenadores las ejercitan
con sabios masajes, las inician en equivocados juegos. Pero sobe todo, les
oprimen el pecho hasta asfixiarlas, para que puedan soportar el peso de los
hombres y siga la comedia, la pesadilla del cisne tenebroso.
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Juan José Arreloa
Adiós, Penélope
No es cierto que Ulises terminara sus días al calor de
Penélope. De regreso al hogar, las aves le contaron que la paciente Penélope le
había sido fiel durante veinte año y que
había rechazado a numerosos pretendientes mientras tejía su moroso tapiz. Y
Ulises, empujado por sus complejos de inferioridad, sintió miedo de no estar a
la altura moral de su amada. Así pues, a punto de arribar a las costas de Ítaca,
decidió dar media vuelta y volver a los brazos de la ninfa Calipso a sabiendas
de que el bueno de Homero ya arreglaría el asunto.
Francisco Rodríguez Criado
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El descubrimiento
Jugaba a expedicionario entre las desordenadas baldas de la estantería, cuando captó mi atención un ejemplar de mayor grosor que los demás. No fui del todo consciente, pero mis manos se lanzaron al instante hacia él para acariciarlo. Casi sin darme cuenta ya lo tenía atrapado entre mis dedos. Visiblemente deteriorado, rugoso al tacto, aquel libro desprendía un olor profundo a humedad, a recuerdos, al paso inexorable de los siglos. No resultaba agradable, pero sí extrañamente magnético. Tan solo le faltaba hablar.
Con agobiante
curiosidad comencé a devorar aquellas páginas de filo amarillento, sin orden
establecido. Todas las enseñanzas de la humanidad parecían morar en él. Su
volumen parecía doblarse o triplicarse cada vez que mojaba mi pulgar derecho en
la saliva. Con su peso nacía un tenue hormigueo sobre mis brazos. Cada una de
sus hojas, raídas y acartonadas, era una inmensa puerta abierta al saber
universal. Cada ilustración, un colorido fresco renacentista de Masaccio o
Botticelli, altavoz y testigo de todos los grandes genios que existieran o
estuvieran por existir. La diminuta paginación, allá en la recóndita esquina,
simulaba un calendario donde marcaba mis progresos en la evaluación del saber.
Una leve cinta rojiza actuaba como ínfimo ropaje para sus costuras, desgastadas
y eternas. ¿Y qué podrían ser esas tapas, sino plomizas losas que aprisionan
esta ingente colección de tesoros? Losas sin cerradura, pues para vencerlas no
existía más llave que la voluntad del conocimiento.
Embelesado con la
sabiduría que encerraba aquella magna obra, no tuve tiempo siquiera de reparar
en su título. Lo volteé para ver su cubierta, y noté que aquel nombre me era
extrañamente familiar. ¡Cuán largo tiempo sin vernos las caras, mi querido y
olvidado diccionario!
José María Ávila Román
Casus conscientiae
Tu sangre derramada está clamando
venganza. Pero en mi desierto ya no caben espejismos, Soy un alienado. Todo lo
que me acontece ahora en la vigilia y en el sueño se disuelve y cambia de
aspecto bajo la luz ambigua que esparce la lámpara en el gabinete del
psicoanalista.
Yo soy el verdadero asesino. El otro ya
está en la cárcel y disfruta todos los honores de la justicia mientras yo
naufrago en libertad.
Para consolarme, en analista me cuenta
viejas historias de errores judiciales. Por ejemplo, la de que Caín es
culpable. Abel murió abrumado por su complejo edípico y el supuesto homicida
asumió la quijada de burro con estas enigmáticas palabras: “¿Acaso soy yo el
superego de mi hermano?” Así justifico un drama primitivo de celos familiares,
lleno de reminiscencias infantiles, que la Biblia encubre con el simple propósito de ejercitar la
perspicacia de los exploradores del inconsciente. Para ellos, todos somos
Abeles y Caines que en alguna forma intercambian y enmascaran su culpa.
Pero yo no me doy por vencido. No puedo expiar mi pecado de omisión y llevo este remordimiento agudo y limpio como una hoja de puñal: me fue trasmitido literalmente, de generación en generación, el instrumento del crimen. Y no he sido yo quien derramó tu sangre.
Juan José Arreola
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