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domingo, 23 de abril de 2023

Los Yernos

Me encanta contemplar mis libros en las estanterías, acariciar sus lomos, y meter la nariz entre sus páginas como si realizara una fantasía pecaminosa. Debo tener casi diez mil, atesorados desde la adolescencia y leídos sin pausa a través de los años. ¿habrá placer más grande que poner nombre, fecha y lugar  de compra en la primera página de un nuevo libro? Mi biblioteca es el atlas de mis lecturas, la memoria de mi caligrafía y el itinerario de mis conocimientos.  Cuando las niñas eran pequeñas sacaba un libro al azar y les explicaba dónde lo había adquirido, a qué edad lo había leído y cómo había influido su lectura en mi vida. Ellas reían y prometían cuidarlos mucho, pero ahora han crecido, se han puesto muy guapas y la casa se me ha llenado de moscones. No me importa que alguno de esos maleducados le meta mano algún día a mis hijas. Es ley de vida. No. Lo que no me deja dormir es que encima arramplen con la biblioteca. Me sulfura suponer que dentro de veinte o treinta años un yerno la tire a la basura para hacerle sitio a un televisor más grande. ‘¿Hasta cuándo vamos a guardar la biblioteca del empollón de tu padre?’, chillarán. Ay, mis libros, mis viajes, mi memoria. Por eso cogí un cuchillo y me escondí en el garaje hasta que salieron esos maleducados. No se dieron cuenta, ¡Pobrecitas! Eran tan guapas.

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jueves, 30 de marzo de 2023

La ratonera

Perdí el autobús y tuve que continuar a pie hasta Plaza de las Ánimas, para tomar el ómnibus de medianoche. No había nadie en el paradero y el frío condensaba fantasmas que brotaban siniestros mientras respiraba A través de la niebla surgió se pronto el autobús. Cuando pagué al conductor me sobrecogió su mirada de peluche triste, como de oso venido a menos o de rata que quiere ir a más. Pensé en que así sería la cara desconsolada del gato de Cheshire y me senté ensimismada en el primer asiento que encontré. El ruido que hacía una señora frente a mí me arrancó de mis ensoñaciones. Aquella señora respiraba el aire a través de los incisivos, arrugando la nariz y levantando el labio superior. Su expresión era desagradable, como de ardilla enferma de obesidad. A su lado un  niño de enormes paletas tragaba voraz un tarro de palomitas.

¿Cómo podía zamparse tanta comida por el hocico? Parecía un hámster con el pescuezo inflado de guisantes. Poco a poco advertí con inquietud el insólito aire de familia de los pasajeros del autobús: todos tenían la nariz húmeda de sudor, los pómulos hinchados, la cabeza más bien redonda y unos dientes preparados para roer y destrozar. Uno recordaba a un gorila aconejado, el otro miraba ratonil con sus pequeños ojos de vidrio y juna marmota llena de collares hurgaba entre las uñas hasta ponerse en carne viva sus dedillos como lombrices. Pensé en la mirada felpada del conductor, oí la respiración dental que retumbaba en el autobús y decidí bajarme de aquella ratonera en la siguiente parada. El niño de las palomitas quiere ser el primero en morder. La puerta no se abre. 

Fernando Iwasaki

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lunes, 15 de agosto de 2022

Última voluntad

Los moribundos tienen fugaces destellos de lucidez que se extinguen como velas en la penumbra de la muerte. Mamá murió así, enumerando mis obligaciones, recordándome mis deberes, indicándome en qué cajón estaban los papeles del seguro, quiénes tenían libros suyos y sobre todo conminándome a proteger siempre a mis hermanas. Pobre mamá. Su agonía había sido muy larga y jamás esperamos que en su último instante podría despedirse así. Lentamente fue cayendo en una somnolencia dolorosa, repitiendo una y otra vez los nombres de mis hermanas. Cogí su mano y me dijo que le alegraba de reunirse por fin con papá. De pronto me clavó dulcemente las uñas y me pidió que nunca dejara solo a Luisito, que estaba enfermito y me necesitaba. Y mamá murió como suponía, reservando sus palabras finales, para el pobre Luisito, que murió de Leucemia cuando éramos niños. Fuimos a casa de mamá a ordenar sus cosas y escuchamos un llanto dentro del armario. Mis hermanas dicen que es mi obligación y me lo tuve que llevar a casa. Le gusta  jugar con medias de nylon y pétalos secos.

Fernando Iwasaki

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jueves, 14 de abril de 2022

Última escena

Al fin los de la aldea decidieron matar al monstruo. No quisieron creerme cuando las ovejas de la viuda del molinero amanecieron degolladas. Recuerdo sus cuerpos esponjosos, abiertos como granadas y barnizados de luna. Luego vino la matanza de los establos comunales, garañones abiertos en canal y una repugnante sensación de sangre y moscas en la boca. El alcalde insistía en organizar batidas contra lobos, mas yo sabía que ellos no habían sido. Pensaron que estaba ebrio, perturbado, enloquecido, Tampoco me hicieron caso cuando la bestia despedazó a los mendigos y pedigüeños de la villa, ni cuando hallaron en el arroyo los despojos del sacristán, un hombre innecesario. Con los niños fue distinto: cada muerte socavó la confianza en las autoridades y la necesidad de venganza les comunicó a creerme. Por eso han venido trayendo antorchas y lazos, garrotes y hoces, para emboscar la aparición del monstruo. Les pido que aguarden la luna llena y escucho las maldiciones apagadas. Tal vez sigan dudando. Los veo tan asustados restregando sus armas, que no los imagino destrozando a la criatura. Cuando la luna esté en lo alto, me pregunto cuál de ellos me atacará primero.

Fernando Iwasaki

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miércoles, 23 de febrero de 2022

No hay que hablar con extraños

Así me decía mi mamá, pero Agustín no era un extraño porque todos los días me ofrecía caramelos a la salida del colegio. Además, cada vez que me llevaba a su taller me regalaba muñecas. Muy bueno era Agustín, me hacía cariñitos. Mamá me contaba historias bien feas de niñas que se perdían porque se las robaban las gitanas o el hombre de la bolsa. Yo sabía que las gitanas se llevaban a las niñas para obligarlas a vender flores, pero nunca supe qué te hacía el hombre de la bolsa. Con Agustín yo juego a que me oca y yo le toco, y siempre gano pues al final no se puede aguantar. Mamá es una miedosa porque dice que si hablo con extraños seguro que no me vuelve a ver. En el taller de Agustín hay muchas cosas que cortan y queman y pinchan. También tiene un avión desarmado que un día servirá para volar e irnos de viaje. Por eso me puso el pañuelo mágico en la nariz, porque los aviones marean y tengo que acostumbrarme. Después ya no me acuerdo de nada: una colonia bien fuerte, un sueño como regresando de la playa y muchas cosas que cortan y queman y pinchan. A veces salgo del taller de Agustín y vuelvo al colegio porque ahora nadie me llama la atención. Me gusta hacer lo que quiero y caminar de noche, pero me da pena mamá, siempre mirando triste por la ventana. Le hablo y no me hace caso y entonces vuelvo al taller con mis juguetes de niebla. Seguro que si Agustín no fuera un extraño mamá me volvería a ver.

Fernando Iwasaki

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miércoles, 26 de enero de 2022

La casa de muñecas

La compré en una tienda de antigüedades porque me fascinó su desmesurada ambición por la miniatura. Cada habitación era de una riqueza maniática, pues en los baños se veían los tubos abiertos de pasta de dientes, sobre las mesas se deshojaban cuadernos garabateados con letras minúsculas y en la cocina distinguí una alacena colmada de botes y conservas con etiquetas miniadas por una artista demente. Pero lo más asombroso fu descubrir  otra casa de muñecas dentro de la caja de muñecas, minuciosamente decorada como una pesadilla. Lo único que me chocaba era la infinita tristeza de las figuras que la habitaban. Me la llevé a casa y la instalé en mi dormitorio, sobre la mesa de caoba maciza. Aquella noche me despertó un luz asmática y di un salto tremendo cuando advertí que el resplandor provenía de la casa de muñecas. Corrí hasta la mesa de caoba y contemplé aterrado cómo brillaba el interior de la diminuta casa de muñecas que estaba dentro de la casa de muñecas, mientras todas la figuras de la casa corrían hacia la habitación maldita. No me di cuenta cuándo entraron en mi cuarto. La policía ha levantado el cadáver y busca en vano pistas por el suelo. Sin embargo, nadie ha reparado en la nueva habitación de la casa de muñecas. La figura no me hace justicia, pero la mesa de caoba es igualita.

Fernando Iwasaki

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viernes, 19 de noviembre de 2021

El bibliófilo

Durante el velorio del decano me dedique a curiosear por sus estanterías. Aquel hombre tenía maravillas, ediciones agotadas y curiosas, libros que jamás poseería. ¿Qué haría la viuda de su biblioteca? Donarla, venderla o tirarla. Seguro. Por eso aguardé al momento preciso para embolsarme un volumen de su valiosa colección de crónicas de Indias. Aquella noche no pude dormir y desperté sudando y sobrecogido. El decano estaba sentado a los pies de mi cama, mirándome con angustia y ferocidad. A primera hora de  la mañana quise ir a su casa para devolver  el libro, pero era el entierro y  no tuve más remedio que enfrentarme con su espectro una noche más. Me desperté cubierto de polvo y tenía los labios azules. Ojeroso, demacrado y lívido, corrí al día siguiente a su vieja casona. La viuda también tenía mala cara, pero cuando le dije que venía a entregarle un libro que su marido me había prestado, una luz de enloquecida maldad reverberó en sus ojeras: “Ese es su problema, joven”. Y me cerró la puerta. Su traje parecía cubierto de polvo y tenía los labios azules.

Fernando Iwasaki

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domingo, 24 de octubre de 2021

El libro prohibido

En una librería electrónica encontré una sección esotérica que llamó mi atención, pues no sólo tenían la primera edición del Diccionario infernal del padre Collin de Plancyo  el  Malleus Maleficarum con prólogo de Lord Byron, sino el apócrifo y terrible Necronomicón del árabe loco Abdul Al-Hazred. Pensando que sería una antología de historias góticas lo encargué más por romanticismo que por interés. A los tres días me lo llevó a casa un hombre alto y borroso que parecía vendedor de biblias. Se trataba de un volumen en octavo y encuadernado en una tela que recordaba a las arañas. Lo encontré algo ajado, descolorido en las cubiertas y torturado por los nervios, pero era la edición valenciana de 1610. Un sello de agua indicaba que el ejemplar había pertenecido a la Biblioteca Nacional De Buenos Aires. “La crisis” –pensé- y me dispuse a disfrutar de mi tesoro. El libro era una maldición y una blasfemia, pues contenía todas las aberraciones posibles de nuestro tiempo y el anterior. Leí las revelaciones de la Clavícula de Salomón, los hechizos del Kitab-al-Uhud y las profecías del pairo de Layden. Conocí la genealogía atroz de los primigenios: Azathot, Cthulhu, Nyarlathotep y Yog-Sothoth. Descubrí razas malditas que habitan en las profundidades marinas, que supuran en las esquinas sucias de nuestras casa y que aguardan una señal de guerra en el abismo de los espejos. Pero lo peor era el libro en sí: no tenía fin, no tenía comienzo, la numeración era delirante y las páginas que pasaba no volvían a aparecer. Después de varios días de insomnio encontré unos folios garrapateados con letra menuda y temblorosa. Era un índice alfabético de las miles de ilustraciones de aquel libro infinito, acaso abandonado por algún lector enloquecido y aterrorizado.Hice una hoguera en el jardín y arrojé esa monstruosidad a las llamas. Lleva meses ardiendo. Quizás sea la señal que espera Yog-Sot-hot

Fernando Iwasaki


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martes, 28 de septiembre de 2021

Día de difuntos

Cuando llegué al tanatorio, encontré a mi madre enlutada en las escaleras. –Pero mamá, tú estás muerta. -Tú también, mi niño. Y nos abrazamos desolados.

Fernando Iwasaki

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miércoles, 25 de agosto de 2021

Monsieur le Revenant

Todo comenzó viendo televisión hasta media noche, en uno de esos canales por cable que sólo pasan películas de terror de bajo presupuesto. Luego vinieron el desasosiego y los bares de mala muerte, las borracheras vertiginosas y las cofradías siniestras de madrugada. Por eso perdí mi trabajo, porque dormía de día hasta resucitar en la noche, insomne y hambriento. No es fácil convertirse en un trasnochador cuando toda la vida has disfrutado del sol y de los horarios comerciales, pero la noche tiene sus propias leyes y también sus negocios. Así caí en aquella  mafia de hombres decadentes y mujeres fatales. Malditos sean. Siempre regreso temeroso de las primeras luces del alba para desmoronarme en la cama, donde despierto anochecido y avergonzado sobre vómitos coagulados. Tengo mala cara. Me veo en el espejo y me provoca llorar. Lo del espejo es mentira. Lo de los crucifijos también.

Fernando Iwasaki

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sábado, 26 de junio de 2021

Ya no quiero a mi hermano

“Carlitos está aquí”, dijo la médium con su voz d Drácula, y de ponto se transformó y puso cara de buena. Entonces mamá le hizo muchas preguntas y el espíritu respondía a través de la señora. Seguro que era Carlitos porque sabía dónde estaba el robot y cuántas monedas había en su alcancía, dijo cuál era su postre favorito y también los nombres de sus amigos. Cuando la médium nos miró haciendo las muecas de Carlitos papa empezó a llorar y mamá le pidió por favor, por favor que no se fuera. Las luces se apagaban y encendían, los cuadros se caían de las paredes y los vasos temblaban sobre la mesa. Me acuerdo que la señora se desmayó y que una luz atravesó a mamá como en las películas. “Carlitos está aquí”, dijo con cara de felicidad. Desde entonces hemos vuelto a compartir el cuarto y los juguetes, el ordenador y la Play-Station, pero la bicicleta no. Mamá quiere que sea bueno con Carlitos aunque me dé miedo. No me gusta su voz de Drácula. Y además huele a vieja.

Fernando Iwasaki

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miércoles, 12 de mayo de 2021

Peter Pan

Cada vez que hay luna llena yo cierro la ventana de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar. Todos los papás de mis amigos son super-héroes  o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me endeñó su cuchillo, todo manchado de sangre de leopardo. A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay  ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre. Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo largo y flaco sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mandoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque soy el hijo del capitán Garfio.

Fernando Iwasaki

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domingo, 7 de marzo de 2021

 La mujer de blanco

Cuando les conté que había visto a una señora vestida de blanco vagando sobre las lápidas, un helado silencio de almas en pena nos sobrecogió. ¿Por qué seguían volviendo después de tantas bendiciones, conjuros y exorcismos? Después de todo la mujer de blanco era una aparición amable, siempre con un ramo en  los brazos y como flotando a través de la niebla, pero igual nos abalanzamos sobre ella en cuanto pasó delante de  la cripta. Nunca más regresó a dejar flores en el viejo cementerio.

Fernando Iwasaki

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jueves, 14 de enero de 2021

Réquiem por el ave madrugadora

Yo no deseaba sr enterrado, pues siempre me repugnó la idea de poblar una tumba con la misma mueca. Me entusiasmaba en cambio imaginar que, aún después de la muerte, mi corazón podía seguir latiendo, mis ojos gozando de la belleza  y mis riñones esculpiendo filosos cálculos dentro de anónimos cómplices en ese juego irracional y materialista de aferrarse a la vida. Pero tuve la mala suerte de fallecer antes que mi esposa y mis órganos nunca fueron donados, ni mis satisfechos escombros desguazados e icinerados. No hay mejor coartada para el luto que un cadáver, y en lugar de las ascuas purificadoras sólo tuve flores que al podrirse atrajeron a las primeras moscas y gusanos. Sobre mi lápida ella representó el doloroso ritual de la etiqueta fúnebre, y años más tarde dejó de venir cuando decidió rehacer su vida. No hay mejor afrodisíaco que un cadáver. Después apenas siguieron visitándome mis hijas, hasta que otros muertos las arrebataron de mi lado. Ahora soy un agujero más de este gran queso de cemento. Me irrita que todos estén tan quietos, larvando, en espera de un  juicio que nunca llegará. Ahora que puedo salir lo haré con los primeros rayos del sol. Tengo hambre, y me pienso comer al primer pájaro que se acerque.

Fernando Iwasaki

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sábado, 2 de enero de 2021

Animus, finibus

En la biblioteca de Wurzburg monseñor Scheps halló en 1885 los manuscritos de Prisciliano, obispo de Ávila y quemado en la hoguera por hereje.

Prisciliano sostenía que Satanás –humillado por Dios- decidió crear una nueva raza a su imagen y semejanza. Un mundo que fuera en sí  mismo una blasfemia, un remedo obsceno de la obra divina. Para salvar a esa estirpe maldita Dios envió a su Hijo, quien murió en vano por los pecados de una raza condenada. Prisciliano fue ejecutado en Treveris en el 385 después de Cristo. Lo teólogos que le condenaron enloquecieron. Mil quinientos años más tarde, monseñor Schepes se suicidó en los jardines de la Biblioteca de Wurzburg

Fernando Iwasaki

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lunes, 23 de noviembre de 2020

Las reliquias

Cuando la madre Angelines murió, las campanas del convento doblaron mientras un delicado perfume se esparcía por todo el claustro desde su celda. “Son las señales de su santidad”, proclamó sobrecogida la madre superiora. “Nuestro tesoro será descubierto y ahora el populacho vendrá en busca de reliquias y el arzobispo nos quitará su divino cuerpo”. Después del santo rosario nos arrodillamos junto a ella. Hasta sus huesos eran dulces.

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sábado, 17 de octubre de 2020

 La habitación maldita

Llegué sin reserva porque para eso soy cliente habitual, pero no quisieron darme la única habitación que les quedaba. A regañadientes me entregaron la llave y se ofrecieron a buscarme una suite en otro hotel de la cadena, mas ya estaba muy cansado y subí sin hacerles caso. La decoración no era la misma de las otras habitaciones: las paredes estaban llenas de crucifijos y los espejos apenas reflejaban mis movimientos. Recién cuando me eché en la cama reparé en la pintura del techo: un Cristo viejo y enfermo que me miraba sobrecogido. Me dormí con la inexplicable sensación de sentirme amortajado.. Un clavo de frío me despertó, y junto a la cama una mujer de niebla me dijo con infinita tristeza: “¿Por qué has sido tan imprudente? Ahora te quedarás tú”. Desde entonces sigo esperando que venga otro, para despertarlo con mis dedos de hielo y poder dormir de una vez.

Fernando Iwasaki

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domingo, 27 de septiembre de 2020

Que nadie las despierte

Nada me produce más horror que volver a casa de madrugada por cualquiera de esas flamantes autopistas que circunvalan mi ciudad. Los carteles fosforescentes me infunden un sosiego adormilador, y las luces de los coches se disuelven liquidas en la cremosa oscuridad. Me hipnotiza ese veloz resplandor que engulle las líneas blancas de la autovía y me pregunto si acabaré en la cuneta o contra los pilotes que reverberan gelatinosos, casi difuminados por los pinceles de mis párpados.

De pronto pienso en las niñas y me enderezo, me abronco, me pellizco, Ellas desean verme al despertar, y si muero mientras duermen las condenaría a una feroz vigilia de pesadillas. Pero el sueño en la carretera me envuelve con redes sutiles y bostezo como los túneles o cabeceo al viento  como las soñolientas adelfas, cuajadas en la insoportable monotonía de las regueras. A lo lejos brilla turbia la ciudad y en la duermevela busco las farolas de mi calle, la luz del portal de casa, la lámpara de mi mesilla de noche…

Ya en la cama me acurruco jun to a mis hijas, abrazo sus cuerpos tibios y beso sus mejillas como flanes. Entonces me arrasan las lágrimas y estremecido por la inercia de la velocidad me invade una sonámbula sensación de zozobra. Tal vez aún estoy en la autopista, acaso jamás llegué a casa. Y demudado espero hasta el alba porque no quiero despertarlas y que descubran que quien las sueña soy yo.

Fernando Ywasaki

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