Los
Yernos
Me encanta contemplar mis libros en
las estanterías, acariciar sus lomos, y meter la nariz entre sus páginas
como si realizara una fantasía pecaminosa.
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Los
Yernos
Me encanta contemplar mis libros en
las estanterías, acariciar sus lomos, y meter la nariz entre sus páginas
como si realizara una fantasía pecaminosa.
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La ratonera
Perdí el autobús y tuve que continuar
a pie hasta Plaza de las Ánimas, para tomar el ómnibus de medianoche.
¿Cómo podía zamparse tanta comida por el hocico? Parecía un hámster con el pescuezo inflado de guisantes. Poco a poco advertí con inquietud el insólito aire de familia de los pasajeros del autobús: todos tenían la nariz húmeda de sudor, los pómulos hinchados, la cabeza más bien redonda y unos dientes preparados para roer y destrozar. Uno recordaba a un gorila aconejado, el otro miraba ratonil con sus pequeños ojos de vidrio y juna marmota llena de collares hurgaba entre las uñas hasta ponerse en carne viva sus dedillos como lombrices. Pensé en la mirada felpada del conductor, oí la respiración dental que retumbaba en el autobús y decidí bajarme de aquella ratonera en la siguiente parada. El niño de las palomitas quiere ser el primero en morder. La puerta no se abre.
Fernando Iwasaki
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Última
voluntad
Los
moribundos tienen fugaces destellos de lucidez que se extinguen como velas en la
penumbra de la muerte. Mamá murió así, enumerando mis obligaciones,
recordándome mis deberes, indicándome en qué cajón estaban los papeles del
seguro, quiénes tenían libros suyos y sobre todo conminándome a proteger siempre
a mis hermanas. Pobre mamá. Su agonía había sido muy larga y jamás esperamos que
en su último instante podría despedirse así. Lentamente fue cayendo en una
somnolencia dolorosa, repitiendo una y otra vez los nombres de mis hermanas.
Cogí su mano y me dijo que le alegraba de reunirse por fin con papá. De pronto me clavó dulcemente las uñas y me pidió que nunca dejara solo a Luisito, que
estaba enfermito y me necesitaba. Y mamá murió como suponía, reservando sus
palabras finales, para el pobre Luisito, que murió de Leucemia cuando éramos
niños. Fuimos a casa de mamá a ordenar sus cosas y escuchamos un llanto dentro del
armario. Mis hermanas dicen que es mi obligación y me lo tuve que llevar a
casa. Le gusta jugar con medias de nylon
y pétalos secos.
Fernando Iwasaki
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Última escena
Al fin los de la aldea
decidieron matar al monstruo. No quisieron creerme cuando las ovejas de la
viuda del molinero amanecieron degolladas. Recuerdo sus cuerpos esponjosos,
abiertos como granadas y barnizados de luna. Luego vino la matanza de los
establos comunales, garañones abiertos en canal y una repugnante sensación de
sangre y moscas en la boca. El alcalde insistía en organizar batidas contra
lobos, mas yo sabía que ellos no habían sido. Pensaron que estaba ebrio,
perturbado, enloquecido, Tampoco me hicieron caso cuando la bestia despedazó a
los mendigos y pedigüeños de la villa, ni cuando hallaron en el arroyo los despojos
del sacristán, un hombre innecesario. Con los niños fue distinto: cada muerte socavó
la confianza en las autoridades y la necesidad de venganza les comunicó a
creerme. Por eso han venido trayendo antorchas y lazos, garrotes y hoces, para
emboscar la aparición del monstruo. Les pido que aguarden la luna llena y
escucho las maldiciones apagadas. Tal vez sigan dudando. Los veo tan asustados
restregando sus armas, que no los imagino destrozando a la criatura. Cuando la
luna esté en lo alto, me pregunto cuál de ellos me atacará primero.
Fernando Iwasaki
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No hay que hablar con extraños
Así me decía mi mamá, pero
Agustín no era un extraño porque todos los días me ofrecía caramelos a la
salida del colegio. Además, cada vez que me llevaba a su taller me regalaba
muñecas. Muy bueno era Agustín, me hacía cariñitos. Mamá me contaba historias
bien feas de niñas que se perdían porque se las robaban las gitanas o el hombre
de la bolsa. Yo sabía que las gitanas se llevaban a las niñas para obligarlas a
vender flores, pero nunca supe qué te hacía el hombre de la bolsa. Con Agustín
yo juego a que me oca y yo le toco, y siempre gano pues al final no se puede
aguantar. Mamá es una miedosa porque dice que si hablo con extraños seguro que
no me vuelve a ver. En el taller de Agustín hay muchas cosas que cortan y
queman y pinchan. También tiene un avión desarmado que un día servirá para
volar e irnos de viaje. Por eso me puso el pañuelo mágico en la nariz, porque
los aviones marean y tengo que acostumbrarme. Después ya no me acuerdo de nada:
una colonia bien fuerte, un sueño como regresando de la playa y muchas cosas
que cortan y queman y pinchan. A veces salgo del taller de Agustín y vuelvo al
colegio porque ahora nadie me llama la atención. Me gusta hacer lo que quiero y
caminar de noche, pero me da pena mamá, siempre mirando triste por la ventana.
Le hablo y no me hace caso y entonces vuelvo al taller con mis juguetes de niebla.
Seguro que si Agustín no fuera un extraño mamá me volvería a ver.
Fernando Iwasaki
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La casa de muñecas
La compré en una tienda de
antigüedades porque me fascinó su desmesurada ambición por la miniatura. Cada
habitación era de una riqueza maniática, pues en los baños se veían los tubos
abiertos de pasta de dientes, sobre las mesas se deshojaban cuadernos
garabateados con letras minúsculas y en la cocina distinguí una alacena colmada
de botes y conservas con etiquetas miniadas por una artista demente. Pero lo
más asombroso fu descubrir otra casa de
muñecas dentro de la caja de muñecas, minuciosamente decorada como una
pesadilla. Lo único que me chocaba era la infinita tristeza de las figuras que
la habitaban. Me la llevé a casa y la instalé en mi dormitorio, sobre la mesa
de caoba maciza. Aquella noche me despertó un luz asmática y di un salto
tremendo cuando advertí que el resplandor provenía de la casa de muñecas. Corrí
hasta la mesa de caoba y contemplé aterrado cómo brillaba el interior de la
diminuta casa de muñecas que estaba dentro de la casa de muñecas, mientras
todas la figuras de la casa corrían hacia la habitación maldita. No me di cuenta
cuándo entraron en mi cuarto. La policía ha levantado el cadáver y busca en
vano pistas por el suelo. Sin embargo, nadie ha reparado en la nueva habitación
de la casa de muñecas. La figura no me hace justicia, pero la mesa de caoba es
igualita.
Fernando Iwasaki
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El bibliófilo
Durante el velorio del decano
me dedique a curiosear por sus estanterías. Aquel hombre tenía maravillas,
ediciones agotadas y curiosas, libros que jamás poseería. ¿Qué haría la viuda de
su biblioteca? Donarla, venderla o tirarla. Seguro. Por eso aguardé al momento
preciso para embolsarme un volumen de su valiosa colección de crónicas de
Indias. Aquella noche no pude dormir y desperté sudando y sobrecogido. El
decano estaba sentado a los pies de mi cama, mirándome con angustia y
ferocidad. A primera hora de la mañana
quise ir a su casa para devolver el
libro, pero era el entierro y no tuve
más remedio que enfrentarme con su espectro una noche más. Me desperté cubierto
de polvo y tenía los labios azules. Ojeroso, demacrado y lívido, corrí al día
siguiente a su vieja casona. La viuda también tenía mala cara, pero cuando le
dije que venía a entregarle un libro que su marido me había prestado, una luz
de enloquecida maldad reverberó en sus ojeras: “Ese es su problema, joven”. Y
me cerró la puerta. Su traje parecía cubierto de polvo y tenía los labios
azules.
Fernando Iwasaki
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El libro prohibido
En una librería
electrónica encontré una sección esotérica que llamó mi atención, pues no sólo
tenían la primera edición del Diccionario infernal del padre Collin de
Plancyo el Malleus Maleficarum con prólogo de Lord
Byron, sino el apócrifo y terrible Necronomicón del árabe loco Abdul Al-Hazred.
Pensando que sería una antología de historias góticas lo encargué más por
romanticismo que por interés. A los tres días me lo llevó a casa un hombre alto
y borroso que parecía vendedor de biblias. Se trataba de un volumen en octavo y
encuadernado en una tela que recordaba a las arañas. Lo encontré algo ajado,
descolorido en las cubiertas y torturado por los nervios, pero era la edición
valenciana de 1610. Un sello de agua indicaba que el ejemplar había pertenecido
a la Biblioteca Nacional De Buenos Aires. “La crisis” –pensé- y me dispuse a
disfrutar de mi tesoro. El libro era una maldición y una blasfemia, pues
contenía todas las aberraciones posibles de nuestro tiempo y el anterior. Leí
las revelaciones de la Clavícula de Salomón, los hechizos del Kitab-al-Uhud y
las profecías del pairo de Layden. Conocí la genealogía atroz de los
primigenios: Azathot, Cthulhu, Nyarlathotep y Yog-Sothoth. Descubrí razas
malditas que habitan en las profundidades marinas, que supuran en las esquinas
sucias de nuestras casa y que aguardan una señal de guerra en el abismo de los
espejos. Pero lo peor era el libro en sí: no tenía fin, no tenía comienzo, la
numeración era delirante y las páginas que pasaba no volvían a aparecer.
Después de varios días de insomnio encontré unos folios garrapateados con letra
menuda y temblorosa. Era un índice alfabético de las miles de ilustraciones de
aquel libro infinito, acaso abandonado por algún lector enloquecido y aterrorizado.Hice
una hoguera en el jardín y arrojé esa monstruosidad a las llamas. Lleva meses
ardiendo. Quizás sea la señal que espera Yog-Sot-hot
Fernando
Iwasaki
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Monsieur le Revenant
Todo comenzó viendo televisión
hasta media noche, en uno de esos canales por cable que sólo pasan películas de
terror de bajo presupuesto. Luego vinieron el desasosiego y los bares de mala
muerte, las borracheras vertiginosas y las cofradías siniestras de madrugada.
Por eso perdí mi trabajo, porque dormía de día hasta resucitar en la noche,
insomne y hambriento. No es fácil convertirse en un trasnochador cuando toda la
vida has disfrutado del sol y de los horarios comerciales, pero la noche tiene
sus propias leyes y también sus negocios. Así caí en aquella mafia de hombres decadentes y mujeres
fatales. Malditos sean. Siempre regreso temeroso de las primeras luces del alba
para desmoronarme en la cama, donde despierto anochecido y avergonzado sobre
vómitos coagulados. Tengo mala cara. Me veo en el espejo y me provoca llorar.
Lo del espejo es mentira. Lo de los crucifijos también.
Fernando Iwasaki
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Ya no quiero a mi hermano
“Carlitos está aquí”, dijo la
médium con su voz d Drácula, y de ponto se transformó y puso cara de buena.
Entonces mamá le hizo muchas preguntas y el espíritu respondía a través de la
señora. Seguro que era Carlitos porque sabía dónde estaba el robot y cuántas
monedas había en su alcancía, dijo cuál era su postre favorito y también los
nombres de sus amigos. Cuando la médium nos miró haciendo las muecas de
Carlitos papa empezó a llorar y mamá le pidió por favor, por favor que no se
fuera. Las luces se apagaban y encendían, los cuadros se caían de las paredes y
los vasos temblaban sobre la mesa. Me acuerdo que la señora se desmayó y que
una luz atravesó a mamá como en las películas. “Carlitos está aquí”, dijo con
cara de felicidad. Desde entonces hemos vuelto a compartir el cuarto y los
juguetes, el ordenador y la Play-Station, pero la bicicleta no. Mamá quiere que
sea bueno con Carlitos aunque me dé miedo. No me gusta su voz de Drácula. Y
además huele a vieja.
Fernando Iwasaki
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Peter Pan
Cada vez que hay luna llena yo
cierro la ventana de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no
quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá
de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero
mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la
tiene jurada al papá de Salazar. Todos los papás de mis amigos son
super-héroes o villanos famosos, menos mi
padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías.
Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán
y me endeñó su cuchillo, todo manchado de sangre de leopardo. A mí me gustaría
que mi padre fuese alguien, pero no hay
ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo
de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el
recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre. Un día se quedó
frito leyendo el periódico y lo vi todo largo y flaco sobre el sofá, con sus
bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la
mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la
ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mandoza, pero mi
padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino,
Salazar y Gómez, porque soy el hijo del capitán Garfio.
Fernando Iwasaki
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La mujer de blanco
Cuando les conté que había
visto a una señora vestida de blanco vagando sobre las lápidas, un helado
silencio de almas en pena nos sobrecogió. ¿Por qué seguían volviendo después de
tantas bendiciones, conjuros y exorcismos? Después de todo la mujer de blanco
era una aparición amable, siempre con un ramo en los brazos y como flotando a través de la
niebla, pero igual nos abalanzamos sobre ella en cuanto pasó delante de la cripta. Nunca más regresó a dejar flores
en el viejo cementerio.
Fernando Iwasaki
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Réquiem por el ave madrugadora
Yo no deseaba
sr enterrado, pues siempre me repugnó la idea de poblar una tumba con la misma
mueca. Me entusiasmaba en cambio imaginar que, aún después de la muerte, mi
corazón podía seguir latiendo, mis ojos gozando de la belleza y mis riñones esculpiendo filosos cálculos dentro
de anónimos cómplices en ese juego irracional y materialista de aferrarse a la
vida. Pero tuve la mala suerte de fallecer antes que mi esposa y mis órganos
nunca fueron donados, ni mis satisfechos escombros desguazados e icinerados. No
hay mejor coartada para el luto que un cadáver, y en lugar de las ascuas
purificadoras sólo tuve flores que al podrirse atrajeron a las primeras moscas
y gusanos. Sobre mi lápida ella representó el doloroso ritual de la etiqueta
fúnebre, y años más tarde dejó de venir cuando decidió rehacer su vida. No hay
mejor afrodisíaco que un cadáver. Después apenas siguieron visitándome mis
hijas, hasta que otros muertos las arrebataron de mi lado. Ahora soy un agujero
más de este gran queso de cemento. Me irrita que todos estén tan quietos, larvando,
en espera de un juicio que nunca
llegará. Ahora que puedo salir lo haré con los primeros rayos del sol. Tengo
hambre, y me pienso comer al primer pájaro que se acerque.
Fernando
Iwasaki
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Animus, finibus
En la biblioteca de Wurzburg
monseñor Scheps halló en 1885 los manuscritos de Prisciliano, obispo de Ávila y
quemado en la hoguera por hereje.
Prisciliano sostenía que
Satanás –humillado por Dios- decidió crear una nueva raza a su imagen y
semejanza. Un mundo que fuera en sí
mismo una blasfemia, un remedo obsceno de la obra divina. Para salvar a
esa estirpe maldita Dios envió a su Hijo, quien murió en vano por los pecados
de una raza condenada. Prisciliano fue ejecutado en Treveris en el 385 después
de Cristo. Lo teólogos que le condenaron enloquecieron. Mil quinientos años más
tarde, monseñor Schepes se suicidó en los jardines de la Biblioteca de Wurzburg
Fernando Iwasaki
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Las reliquias
Cuando la madre Angelines
murió, las campanas del convento doblaron mientras un delicado perfume se
esparcía por todo el claustro desde su celda. “Son las señales de su santidad”,
proclamó sobrecogida la madre superiora. “Nuestro tesoro será descubierto y ahora
el populacho vendrá en busca de reliquias y el arzobispo nos quitará su divino
cuerpo”. Después del santo rosario nos arrodillamos junto a ella. Hasta sus
huesos eran dulces.
Fernando Iwasaki
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La habitación maldita
Llegué sin reserva porque para
eso soy cliente habitual, pero no quisieron darme la única habitación que les
quedaba. A regañadientes me entregaron la llave y se ofrecieron a buscarme una
suite en otro hotel de la cadena, mas ya estaba muy cansado y subí sin hacerles
caso. La decoración no era la misma de las otras habitaciones: las paredes
estaban llenas de crucifijos y los espejos apenas reflejaban mis movimientos.
Recién cuando me eché en la cama reparé en la pintura del techo: un Cristo
viejo y enfermo que me miraba sobrecogido. Me dormí con la inexplicable
sensación de sentirme amortajado.. Un clavo de frío me despertó, y junto a la
cama una mujer de niebla me dijo con infinita tristeza: “¿Por qué has sido tan
imprudente? Ahora te quedarás tú”. Desde entonces sigo esperando que venga
otro, para despertarlo con mis dedos de hielo y poder dormir de una vez.
Fernando Iwasaki
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Que nadie las despierte
Nada me produce más horror que
volver a casa de madrugada por cualquiera de esas flamantes autopistas que
circunvalan mi ciudad. Los carteles fosforescentes me infunden un sosiego
adormilador, y las luces de los coches se disuelven liquidas en la cremosa
oscuridad. Me hipnotiza ese veloz resplandor que engulle las líneas blancas de
la autovía y me pregunto si acabaré en la cuneta o contra los pilotes que
reverberan gelatinosos, casi difuminados por los pinceles de mis párpados.
De pronto pienso en las niñas y
me enderezo, me abronco, me pellizco, Ellas desean verme al despertar, y si
muero mientras duermen las condenaría a una feroz vigilia de pesadillas. Pero
el sueño en la carretera me envuelve con redes sutiles y bostezo como los
túneles o cabeceo al viento como las
soñolientas adelfas, cuajadas en la insoportable monotonía de las regueras. A
lo lejos brilla turbia la ciudad y en la duermevela busco las farolas de mi
calle, la luz del portal de casa, la lámpara de mi mesilla de noche…
Ya en la cama me acurruco jun
to a mis hijas, abrazo sus cuerpos tibios y beso sus mejillas como flanes. Entonces
me arrasan las lágrimas y estremecido por la inercia de la velocidad me invade
una sonámbula sensación de zozobra. Tal vez aún estoy en la autopista, acaso
jamás llegué a casa. Y demudado espero hasta el alba porque no quiero
despertarlas y que descubran que quien las sueña soy yo.
Fernando Ywasaki
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