Euclideana
En una ciudad actual la distancia más corta entre dos untos no es la recta: es el zigzag que nos evita los semáforos.
René Avilés Fabila
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Ocuparse
“Ocúpate de la política, si no
quieres que la política se ocupe de ti”, me dijo. Me afilió a su partido y me
llevó a hacer número en sus metings. Ganó las elecciones y se volvió difícil
de encontrar. Firmó un decreto por el cual la fábrica en que yo trabajaba cerró
sus puertas. Me echaron del zulo que alquilaba por falta de pago. Él tuvo más
suerte y se compró una casa espaciosa junto al mar, rodeada de una muralla muy
alta. Muy alta pero no tato como para impedirle a uno treparse si se provee de
una buena escalera.
Lo tengo n la mira
Fabián Vique
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Cérvidos
Fuera del espacio y del tiempo, los
ciervos discurren con veloz lentitud y nadie sabe dónde se ubican mejor, si en
la inmovilidad o en el movimiento que ellos cambian den tal modo que nos vemos
obligados a situarlos en lo eterno.
Inertes o dinámicos, modifican
continuamente el ámbito natural y perfeccionan nuestras ideas acerca del
tiempo, el espacio y la translación de los móviles. Hechos a propósito para
solventar la antigua paradoja, son a un tiempo Aquiles y la tortuga, el arco y
la flecha: corren sin alcanzarse, se paran y algo queda siempre de ellos
galopando.
El ciervo, que no puede estarse quieto,
avanza como una aparición, ya sea entre los árboles reales o desde un boscaje de
leyenda: Venado de san Huberto que lleva una cruz entre los cuernos o cierva
que amamanta a Genoveva de Brabante.
Donde quiera que se encuentre, el macho y la hembra componen la misma pareja
fabulosa.
Pieza venatoria por excelencia, todos tenemos la intención de cobrarla, aunque sea con la mirada. Y si Juan de Yepes nos dice que fue tan alto que le dio a la caza alcance, no se está refiriendo a la paloma terrenal sino al ciervo profundo, inalcanzable y volador.
Juan José Arreola
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Lotiforme
Mi diccionario y yo estamos enamorados. Mi amores razonable, pero el suyo es brutal y arbitrario. A cualquier hora abre sus piernas y me obliga a sacarle la palabra. A veces las palabras son preciosas y yo compongo poemas ligeros y dulces. Pero a veces usa términos absurdos, y me veo obligado a decir frases como '¿lotiforme?, no se puede hacer nada con esa palabra, '¿qué pretendes de mí, no soy mago'. Entonces llora y se desdibuja, y las palabras empiezan a escurrírsele, a chorrear por las patas de la mesa. En ese momento debo acariciarlo y escribir cualquier cosa, y todo vuelve a la normalidad.
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La poesía ya no conmueve
Para seducir a la chica tu-pupila-es-azul,
quiso escribir los versos más tristes esa noche. Pero no pudo, tenía demasiada
confianza en si mismo, estaba contento, una estúpida sonrisa chirreaba de su
boca y de su pluma. Le salió un versículo patético, ridículamente esdrújulo,
que la chica, por fortuna, ni siquiera llegó a leer porque esa noche salió con un economista.
Fabian Vique
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La boa
La proposición de la boa es tan
irracional que seduce inmediatamente al conejo, antes de que pueda dar su
consentimiento. Apenas si hace falta un masaje previo y una lubricación de
saliva superficial.
La absorción se inicia fácilmente y el
conejo se entrega en una asfixia sin pataleo. Desaparecen la cabeza y las patas
delanteras. Pero a medio bocado sobrevienen las angustias de un taponamiento
definitivo, En ayuda de la boa transcurren los últimos instantes de vida del
conejo, que avanza y desaparece propulsado en el túnel costillar por cada vez
más tenues estertores.
La boa se da cuenta entonces de que
asumió un paquete de graves responsabilidades, y empieza la pelea digestiva, la
verdadera lucha contra el conejo. Lo ataca desde la periferia al centro, con
abundantes secreciones de jugo gástrico, embalsamándolo en capas sucesivas.
Pelo, piel, tejidos y vísceras son cuidadosamente tratados y disueltos en el
acarreo del estómago. El esqueleto se somete por último por un proceso de
quebrantamiento y trituración, a base de contracciones y golpeteos laterales.
Después de varias semanas, la boa victoriosa, que ha sobrevivido a una larga serie de intoxicaciones, abandona los últimos recuerdos del conejo bajo la forma de pequeñas astillas de huso laboriosamente pulimentadas.
Juan José Arreola
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