lunes, 19 de febrero de 2018

Torneo cuadrangular

-Marisa, he contratado a Lucas como detective para que vigile a Jorge, mi marido, pero no lo cuentes a ninguno de los dos –le dijo Lorena haciéndose la encontradiza en el supermercado.

-¿Por qué –se preguntaba Marisa mientras llenaba el carro de la compra- me habrá dicho esto Lorena? ¿Será porque Jorge es mi profesor de tenis o porque Lucas es mi marido?

Félix

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lunes, 12 de febrero de 2018

A la deriva

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusí que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quito las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche, Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno
-¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo –murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso- Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda del palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en la inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tucurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río, pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez-  dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tucurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor.El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también, Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tucurú-Pucñu.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tucurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba  entre tanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio?
Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo ¿Viernes? Sí, o jueves
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y dejó de respirar.

Horacio Quiroga

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lunes, 5 de febrero de 2018

Enemistados IV

-¿No tuviste hasta hoy otros días para hacer footing? –le dije, pugnando por no reír.
- Nunca es tarde –me dijo-, quiero rejuvenecer; y a ti te iría bien.
Apenas le entendí: venía el pobre Tiempo agotado y sin resuello. Lo dijo a punto de caer, sudoroso, con voz entrecortada…

Cuando dobló la esquina, me asomé: estaba parado y encogido tratando de recobrarse. Como soy bondadoso, sólo sonreí. Después volví a mi silla de anea, disfrutando feliz de la última y dorada luz del atardecer.


Félix

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domingo, 28 de enero de 2018

Instrucciones para subir una escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una  nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación produciría formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie,  pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia del nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse al final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.


Julio Cortázar

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domingo, 21 de enero de 2018

Y sigue la evolución del ser humano…

Marisa tenía tres maneras de convertir en milagro la dura lucha diaria para sobrevivir en esta jungla: pasear por las nubes, ver películas y hablar por señas. Las tres cosas tienen, sin embargo sus peligros respectivos: no saber bajar, quedarse dormido, y que te tomen por loco aunque en realidad no desvaríes.
Marisa no supo esquivar la ventolera y descubrió también un cuarto modo de evasión: manipular ese “chisme”, que precisa la vista de lince y una extraordinaria movilidad de los dedos. Desde entonces Marisa ignora la presencia física de las personas, pero es capaz de establecer otras relaciones variadas e infinitas, pero virtuales, de manera febril.

Y como la naturaleza es sabia y hace que la necesidad cree órganos nuevos y el desuso los atrofie, a Marisa la han nacido hijos con seis dedos y con las cuerdas vocales desecadas.

Félix

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domingo, 14 de enero de 2018

Tan amigos

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-Bruto calor –dijo el mozo.
Pareció que el tipo de azul iba a aflojarse la corbata, pero finalmente dejó caer el brazo hacia un costado. Luego, con ojos de siesta, examinó la calle a través del enorme cristal fijo.
-No hay derecho –dijo el mozo- . En pleno octubre y achicharrándonos,
-Oh, no es para tanto –dijo el de azul, sin énfasis.
-¿No? ¿Qué deja entonces para enero?
-Más calor. No se aflija.
Desde la calle, el hombre flaco, de sombrero,  miró hacia adentro, formando pantalla con las manos para evitar el reflejo del ventanal. En cuanto lo reconoció, abrió la puerta y se acercó sonriendo.
El de azul no se dio por enterado hasta que el otro se le puso delante. Sólo entonces la tendió la mano. El otro buscó, de una ojeada rápida, cuál de las cuatro sillas disponibles tenía el hueco de pantasote que convenía mejor a su trasero. Después se sentó sin aflojar los músculos.
-¿Qué tal? –preguntó, todavía sonriendo.
-Como siempre –dijo el de azul.
Vino el mozo, resoplando, a levantar el pedido.
-Un café… livianito, por favor.
Durante un buen rato estuvieron callados mirando hacia afuera. Pasó, entre otras, una inquietante  mujercita en blusa y el recién llegado se agitó en el asiento. Después sacudió la cabeza significativamente como buscando el comentario, pero el de azul no había sonreído.
-Lindo día para ser rico –dijo el otro.
-¿Por qué?
-Te echás en la cama, no pensás en nada, y a la tardecita, cuando vuelve el fresco, empezás otra vez a vivir.
-Depende –dijo el de azul.
.¿Eh?
-También se puede vivir así.
El mozo se acercó, dejó el café liviano, y se alejó con las piernas abiertas, para que nadie ignorase que la transpiración le endurecía los calzoncillos.
-Tengo la patrona enferma. ¿sabés? –dijo el otro.
-¿Ah sí? ¿Qué tiene?
-No sé. Fiebre. Y le duelen los riñones.
-Hacela ver.
-Claro.
El de azul le hizo una seña al lustrador. Éste escupió medio escarbadientes y se acercó silbando.
-Hace unos días que andás de trompa –dijo el otro.
-¿Sí?
-Yo sé que la cosa es conmigo.
El lustrador dejó de embetunar y miró desde abajo, con los dientes apretados, entornando los ojos.
-Lo que pasa es que vos embalás en seguida.
¿De veras?
-Se te pone que un tipo estuvo mal y ya no hay quien te frene. ¿Vos qué sabés por qué lo hice?
-¿Por qué hiciste qué?
-¿Ves? Así no se puede. ¿Qué te parece si hablamos con franqueza?
-Bueno. Habla.
Ambos miraron el zapato izquierdo que empezaba a brillar. El lustrador le dio el toque final y dobló cuidadosamente su trapito. “Son veinticinco”, dijo. Recogió el peso, entregó el suelto y se fue silbando hacia otra mesa, mientras volvía a masticar la mitad del escarbadientes que había conservado entre las muelas.
-¿Te creés que  no me doy cuenta? A vos se te ocurrió que yo le hablé al Viejo para dejarte mal.
-¿Y?
-No fue para eso, ¿sabés? Yo no soy tan cretino…
-¿No?
-Le hablé para defenderme. Todos decían que yo había entrado a la Gerencia antes de las nueve. Todos decían que yo había visto el maldito papel.
-Eso es.
-Pero yo sabía que vos habías entrado más temprano.
Un chico rotoso y maloliente se acercó a ofrecer pastillas de menta. Ni siquiera le dijeron que no.
-El Viejo me llamó y me dijo que la cosa era grave, que alguien había loreado y que todos decían que yo había visto el papel antes de las nueve.
El de azul no dijo nada. Se recogió cuidadosamente el pantalón y cruzó la pierna.
-Yo no le dije que habías sido vos –siguió el otro, nervioso, como si estuviera a punto de echarse a correr, o a llorar-. Yo dije que habían estado antes que yo, nada más… Tenés que darte cuenta.
-Me doy cuenta.
-Yo tenía que defenderme. Si no me defiendo, me echa. Vos bien sabés que no anda con chiquitas.
-Y hace bien.
-Chih, decís eso porque sos solo. Podés arriesgarte. Yo tengo mujer.
-Jodete.
El otro hizo ruido con el pocillo, como para borrar la ofensa. Miró hacia los costados, repentinamente pálido. Después, jadeante, desconcertado, levantó la cabeza.
-Tenés que comprender. Figurate que yo sé demasiado que vos si querés me liquidás. Tenés como hacerlo. ¿Me iba a tirar justamente contra vos? No tenés más que telegrafiar a Ugarte y yo estoy frito. Te lo digo para que veas que me doy cuenta. No me iba a tirar justamente contra vos, que tenés flor de banca con el Rengo… ¿Me entendés ahora?
-Claro que te entiendo.
El otro hizo un ademán brusco, de tímida protesta, y, sin querer empujó el vaso con el codo. El agua cayó hacia adelante, de lleno sobe el pantalón azul.
-Perdona.
-No es nada. En seguida se seca.
El mozo se acercó, recogió los más importantes trozos de vidrio. Ahora parecía sufrir menos el calor. O se había olvidado de aparentarlo.
-Por o menos, dame la tranquilidad de que no vas a telegrafiar. Anoche nopude pegar los ojos…
-Mirá… ¿querés que te diga una cosa? Deja ese tema. Tengo la impresión de que me tiene podrido.
-Entonces…no vas…
.No te preocupes.
-Sabía que ibas a entender. Te agradezco. De veras, che.
-No te preocupes.
-Siempre dije que eras un buen tipo. Después de todo tenías derecho a telegrafiar. Porque yo estuve mal… lo reconozco… Debí pensar que…
-¿De veras no podés callarte?
-Tenés razón. Mejor te dejo tranquilo.
Lentamente se puso de pie, empujando la silla con bastante ruido. Iba a tender la mano, pero la mirada del otro lo desanimó.
-Bueno, chau –dijo-. Ya sabés, siempre a la orden… cualquier cosa…
El de azul movió apenas la cabeza, como si no quisiera expresar nada concreto. Cuando el otro salió, llamó al mozo y pagó los cafés y el vaso roto. Durante cinco minutos estuvo quieto, mordiéndose despacio una uña. Después se levantó, saludó con las cejas al lustrador, y abrió la puerta.
Caminó sin apuro, hasta la esquina. Examinó una vidriera de corbatas, dio una última chupada al cigarrillo y lo tiró bajo un auto.
Después cruzó la calle y entró en la Oficina de Telégrafos.


Mario Benedetti

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domingo, 7 de enero de 2018

Irracional deriva


Unos seres, embutidos en forros polares y armados de bates enormes, golpean la cabeza de las focas que duermen descuidadas bajo un tímido sol. La sangre siembra de flores rojas la nieve impoluta sobre el mar helado, mientras llega una agonía vergonzosa y tumefacta, que me llena de ira.

Félix

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