jueves, 16 de noviembre de 2017

Semos malos

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Goyo Cuestas y su cipote hicieron un arresto y se jueron para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja a la bandolera; el muchacho, la bolsa de los discos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de lata monstruosa que perjunaba con música.
-Dicen que en Honduras abunda la plata.
-Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen
-Apura el paso, vos; ende que salimos de Metapán trés choya.
-¡Ah!, es que el cincho me viene jodiendo el lomo.
-Apechálo, no siás bruto.
Apiaban para sestear bajo los pinos chiflantes y odoríferos. Calentaban café con acote. En el bosque de zunzas, las taltuzas comían sentaditas, en un silencio nervioso. Iban llegando al Chamalecón salvaje. Por dos veces bían visto el rastro de la culebra carretía, angostito como fuella de pial. Al sesteyo, mientras masticaban las tortillas e el queso de Santa Rosa, ponían un fostró’’. Tres días estuvieron andando en lodo, atascado hasta la rodilla. El chico lloraba, el tata maldecía y se reiba sus ratos.
El cura de Santa Rosa había aconsejado a Goyo no dormir en las galeras, porque las pandillas de ladrones rondaban siempre en busca de pasantes. Por eso, al crepúsculo. Goyo y su hijo se internaban en la montaña: limpiaban un puestecito al pie diún palo y pasaban allí la noche, oyendo cantar los chiquirines, oyendo zumbar los zancudos culuazul, enormes como arañas, y sin atreverse a resollar, temblando de frío y miedo.
-¡Tata; brán tamagases?...
.Noijo, yo ixaminé el trinco cuando anochecía y no tiene cuevas.
-Sí juma, jume bajo el sombrero, tata. Sí miran la brasa,  nos hallan,
-Sí, hombre, tate tranquilo. Dormite.
-Es que currucado no me puedo dormir luego.
-Estírate, pué
-No puedo, tata, mucho yelo
-¡A la puerca, con vos! Cuchuyate contra yo, pué
Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía cotra su pestífero pecho, duro como un tapexco; y rodeándolo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mientras él, con la cara añudada de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano. Los primeros clareyos los hallaban allí, medio congelados, adoloridos, amodorrados de cansancio; con las feas bocas abiertas y babosas, semiarremangados en la manga rota, sucia y rayada como una cebra.
Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel. Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres Hasta Chamalecón no llega su ley; hasta allí no llega la justicia. En la región se deja –como en los tiempos primitivos- tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre alvedrío. El dercho es claramente del más fuerte.
Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conectar la bocina. La luna llena hacía saltar chingastes de palta sobre el  artefacto. En la mediagua y de una viga, pendía un pedazo de venado olisco.
-Te dijo que es fológrafo.
-¿Vos bis visto cómo lo tocan?
-¡Ajú!... En los bananales los ei visto
-¡Yastuvo!
La trompa trabó. El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras.
Los bandidos rieron, como niños de un planeta extraño. Tenían los blanquiyos manchados de algo que parecía lodo, y era sangre. En la barranca cercana, Goyo y su cipote huían a pedazos en los picos de los zopes; los armadillos habíanles ampliado las  heridas. En una masa de arena, sangre, ropa y silencio, las ilusiones arrastradas desde tan lejos, quedaban abonadas talvez para un sauce, tal vez para un pino
Rayó la aguja, y la canción se lanzó en la brisa tibia como una cosa encantada.Los cocales pararon a lo lejos sus palmas y escucharon. El lucero grande parecía crecer y descrecer, como si colgado de un hilo lo remojaran subiéndolo y bajándalo en el agua tranquila de la noche.
Cantaba un hombre de fresca voz una canción triste, con guitarra.
Tenía dejos llorones, hipos de amor y de grandeza. Gemían los bajos de la guitarra, suspirando un deseo; y desesperada, la prima lamentaba una injusticia.
Cuanjdo paró el fonógrafo, los cuatro asesinos se miraron. Suspiraron
Uno de ellos se echó a llorar en la manga. El otro se mordió los labios. El más viejo miró al suelo barrioso, donde su sombra le servía de asiento, y dijo después de pensarlo muy duro:
-Semos malos.
Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un planeta extraño.


Salarrué

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jueves, 9 de noviembre de 2017

Juntos al fin

Ayer recibí un paquete con la cabeza jibarizada de mi esposa. Su amiga, Noelia, lo remitió desde El  Ecuador, donde habían ido como cooperacionistas con una ONG. Venía adjunta esta carta que mi esposa estaba empezando a escribir cuando fue secuestrada:

Amor mío:

Ya falta poco para volver a ti. No nos separaremos nunca más. No sabes cuánto te he…

Félix

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jueves, 2 de noviembre de 2017

Los ardides de la impotencia

Quizá Dulcinea exista, pero don Quijote hace creer a Sancho lo contrario porque es incapaz de amar a una mujer de carne y hueso.


Marco Denevi

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jueves, 26 de octubre de 2017

Primer sobrecogimiento

Se hizo de noche y el hombre vio tachonado el cielo de estrellas luminosas. Durmió, despertó y comprobó que el día sucedía a la noche. Se asomó al día y recibió los tibios rayos del sol; en los campos, salpicadas de amapolas, vio mecerse las mieses amarillas; verdeaban los prados y se entretuvo viendo retozar a los potrillos…

Por primera vez el hombre sintió dentro de sí un nuevo sentimiento exultante, al que llamó alegría y se puso a cantar hincado de rodillas.

Félix

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viernes, 20 de octubre de 2017

Tango

Estaba tan borracho que no llegó haciendo eses sino equis. La casa (su casa) estaba vacía, oscura, abandonada. Quizá por eso pudo llegar indemne hasta la mecedora.
Cerró, abrió y cerró los ojos. Lo que vislumbró no fue un sueño sino un milagro de jardín. Con su madre o sin su madre, Eso dependía de la tensión de sus párpados. Si era con su madre, ella lo soñaba con un índice acusador y una mueca de burla. No era preciso que hablara. Él bien sabía de qué se trataba. Desde la infancia la había despreciado, ninguneado con fervor, desatendido. Entre ella y él no había puentes; sólo despeñaderos, barrancos, hondadas. Por seo ella, en vez de dos ojos verdes, tenía dos odios grises.
Él abrió los suyos, acarició los párpados heridos, posó su mirada opaca en la pared de enfrente, que empezó a balancearse con un ritmo moderado. El cuadro estaba ahí: una figura antigua, de hombre recio, con corbata de moña, melena canosa y anteojos de miope. Cerró otra vez los ojos y el hombre se asomó en el espacio inverosímil: allí no había moña ni anteojos. Él, cuando estaba sobrio, era capaz de recitar de memoria todos los poemas de ese tipo, pero ahora los versos se arrinconaban en el olvido, El hombre semisoñado lo miraba con exigencia, reclamándole algo, aunque fuera dos versos, una copla, el estrambote de un soneto mediocre. Pero el se retraía, se ocultaba, no quería saber nada de una inspiración ajena. Así era cuando el tipo empuñaba un látigo y él abría providencialmente los ojos.
El cuadro ya  no estaba y la pared había dejado de balancearse. Qué bien le vendía un café amargo, pero cómo llegar a la cafetera, a encender el gas, a no derramar el agua que llamaba desde el grifo.
Por primera vez lamentó su mamá. Volvió a cerrar los ojos en busca de un estímulo. Tardó en llegar la somnolencia, pero cuando  llegó fue una recompensa inesperada. Frente a él, al alcance de sus manos, estaba Dorita, más atractiva que nunca, con la boca entreabierta y a la espera, con el camisón rosa que se le resbalaba de los senos, más turgentes que en épocas pasadas. Quiso decir algo y no pudo. Dorita lo paralizaba con su belleza. Decidió extender su mano hasta el pezón izquierdo, pero éste se hizo nada entre su índice y su pulgar.
Esta vez abrió los ojos porque alguien le estaba sacudiendo el hombro. Su mujer, nada menos, y no era un sueño.
-Otra vez mamando –gritó ella.
-Otra vez mamando –admitió él-. Yo no tengo vergüenza de tomarme una copa.
-¿Y cuántas vergüenzas reservas para zamparte dos botellas?
-Tres.
-¿Tres vergüenzas o botellas?
-Botellas.
-¿Hasta cuándo piensas que voy a soportar este maldito tren de vida?
-Mi amor, eso es asunto tuyo.
-Y vos, ¿no tenéis conciencia?
-¿Querés que te diga la verdad? Me tiene harto.
-¿No tenés nada más que decirme?
-Cómo no… Vos sabés que yo siempre cito a los clásicos. Por ejemplo, Cátulo Castillo (música de Aníbal Troilo) que estampó para siempre esta delicia: “Yo sé que te lastima/ yo sé que te hace daño/ llorarte mi sermón de vino”.
-Es cierto que me hace daño. No importa. Aquí te dejo, con esa veterana curda, que ya forma parte de tu currículo. Se acabó.  No te preocupes. Cuando vos y yo seamos finaditos, sé que voy a encontrarte en algún boliche (cantina, para los ilustrados) del paraíso.


Mario Benedetti

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