-No te metas
nunca donde no te llamen –le dijo a Jeromo su
madre un buen día. Jeromo hacía siempre lo contrario.
-¿Dónde no me
llamarán? –se dijo.
En la cueva
del oso no le llamaban y entró-
-¡Grooonnzz…!
–hizo el oso, que no sabía hablar y quería decir: “¡Fuera de aquí!.”
Antes de
salir. Jeromo tuvo tiempo de ver un saliente en la roca, puntiagudo y sobado.
Era el rascalomos del oso y le gustó.
-¿Dónde no me
llamarán? –se iba preguntando Jeromo alegremente, cuando pasaba por la puerta
del cura. Se paró un momento y, como no le llamaban, allí que se metió.
-¡Fuera de
aquí –dijo el cura, que sí sabía hablar. Jeromo se asustó un poco cuando vio a
don Blas con una verruga pasa debajo de la oreja derecha y con un fuelle de
cuero en la mano izquierda y salió corriendo.

-¿Dónde no me
llamarán?
Pero entonces
empezó a oír voces de todos los portales del pueblo que repetían: “’Jeromo, Jeromo…!
Y, como le llamaban de todas partes, se marchó a su casa.
-Madre, quiero
un rascalomos sobado, una verruga pasa y un fuelle de cuero. Y se lo voy a
pedir a los Reyes.
-Vaya, este
niño está loco –comentó su madre divertida.
Día y noche la
misma cantinela. Un mes más tarde Jeromo volvía a repetir: “quiero un
rascalomos sobado, una verruga pasa y un fuelle de cuero”. Esta vez los médicos
del Psiquiátrico Provincial fruncieron el ceño.
-Efectivamente,
su hijo está loco, señora –dijo el Director, desmontando los lentes.
Justo el cinco
de enero, Jeromo quedó internado. El seis, su madre encontró en la ventana de
la habitación de Jeromo un rascalomos sobado, una verruga pasa y un fuelle de
cuero.
Félix
Félix

imagen: 1ª