El mundo
Dios todavía no ha creado el mundo; sólo está imaginándolo, como entre sueños. Por eso el mundo es perfecto, pero confuso.
Augusto Monterroso
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Las muertes de Wilbor Wagner
¿Qué pasaría si alguien llama a la
puerta de tu casa y resulta que la persona que llama desde el exterior eres tú,
que estás dentro?
Eso fue lo que le pasó a Wilbor
Wagner una gélida noche de invierno se 1898, en Junean, en el estado de Alaska.
Estaba en bata en el cálido salón de su casa, sentado gozoso en la mecedora
mientras afilaba los cuchillos de caza, cuando sintió que alguien llamaba a la
puerta. Al abrir, como se ha dicho ya, Wilbor descubrió que era él, el propio
Wilbor, quien estaba en el umbral tiritando, precariamente vestido, con restos
de nieve sobre los hombros, los viejos zapatos y el gorro de piel. Su
desconsolado abrigo presentaba tantos agujeros como un queso de Gruyere; era
como si el fiero viento de los últimos días se lo hubiera comido a dentelladas.
Seguramente uno de esos buscadores de oro, un fracasado, pensó Wilbor de Wilbor
al tiempo que el segundo se frotaba las manos avejentadas por el frío en un
intento de entrar en calor.
Wilbor, incorregible egoísta, denegó
al pobre Wildor la menor hospitalidad aun a sabiendas de que eran la misma
persona. Por más que insistió el humilde Wildor en que le permitiera pasar la
noche bajo techo, o que al menos le diera un tazón de caldo caliente que echarse al estómago, el altanero y
cicatero Wilbor se negó en rotundo. Después de despacharle sin el menor
miramiento –lo hizo con energía pero con suma tranquilidad, ni siquiera se
sacó las manos de los bolsillos de la bata-, Wilbor regresó a su mecedora
mientras Wilbor, la cabeza gacha y el hatillo a la espalda, enfilaba el camino
de El Sedero de los Ciervos en dirección a la iglesia de san Miguel. Allí a lo
mejor podrían socorrerle. No tuvo suerte: minutos después, Wibor caía exhausto
y aterido sobre la nieve para no levantarse nunca más. Alguien que pasaba por
la zona, al ver el cadáver, se hizo una señal en la frente en forma de cruz y siguió su camino.
Cuando la asistenta regresó a la
mañana siguiente a la casa de Wilbor Wagner, encontró a su patrón muerto en la
alfombra del cálido salón. El doctor Joel Fleischman dictaminó que el señor Wilbor
Wagner había muerto de frío junto a la chimenea encendida,
Francisco Rodríguez Criado
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La indignación del chancho
Al Gualo le gustaban las sandías. A ‘Mordiscón’ el chancho que estaban engordando en su casa para matar en
mayo, también. Después del almuerzo al Gualo lo mandaban con los restos de comida
al chancho. Cuando llegaba al chiquero vaciaba dentro el balde con las sobras,
pero antes sacaba las cáscaras de las sandías, y allí mismo se daba un festín,
ante la mirada indignada del chancho.
Ernesto Bustos Garrido
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El Avestruz
A grito pelado, como un órgano profano,
el cuello del avestruz proclama a los cuatro vientos la desnudez radical de la
carne ataviada. (Carente de espíritu a más no poder, emprende luego con todo su
cuerpo una serie de variaciones procaces sobre el tema del pudor y la
vergüenza.)
Más de pollo, polluelo gigantesco entre
pañales. El mejor empleo sin duda para la falda más corta y el escote más bajo.
Aunque siempre está a medio vestir, el avestruz prodiga sus harapos a toda gala
superflua, y ha pasado de moda sólo en apariencia. Si sus plumas “ya no se
llevan” las damas elegantes visten de buena gana su inopia con virtudes y
perifollos de avestruz: el ave que se le engalana pero que siempre deja la
íntima fealdad al descubierto. Llegado el caso, si no se esconde la cabeza,
cierra por lo menos los ojos “a lo que venga”. Con sin igual desparpajo lucen
su liviandad de criterios y engullen cuanto se les ofrece a la vista,
entregando el consumo al azar de una buena conciencia digestiva.
Destartalando, sensual y arrogante, el avestruz representa el mejor fracaso del garbo, moviéndose siempre con descaro, en una apetitosa danza macabra. No puede extrañarnos entonces que los expertos jueces del Santo Oficio idearan el pasatiempo o vejamen de emplumar mujeres indecentes para sacarlas desnudas a la plaza.
Juan José Arreola
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